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Full text of "La Gringa"

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L A GRINGA 

FLORENCIO SANCHEZ 


ACTO PRIMERO 

La chacra de don Nicola 

A la derecha fachada exterior de una casa sin revocar, de aspecto si 
no ruinoso, sucio y desgastado. Una puerta y dos ventanas sin 
rejas, y sobre éstas, a todo lo largo de la pared, una hilera de 
casillas — el palomar — bastante pringosas. Junto a la ventana, en 
primer término, algunos cacharros con plantas cubiertas con lonas, 
por la helada. A la izquierda, construcción de adobe y paja, un 
rancho largo con dos puertas. Al foro un gran pozo de balde, 
de brocal bajo, y un largo abrevadero en comunicación con el 
pozo por una canaleta, junto al pozo un baldecito manuable con 
una soga. Perspectiva amplia de terrenos de la labranza, en la que 
deben notarse los manchones negros de la tierra recién arada. En 
las paredes del rancho y de la casa, colgados, arreos, sogas, piezas 
de hierro viejo, bolsas, etc., y por el suelo en desorden, picos, 
palas, rastrillos, horquillas, una carretilla de mano; trozos de ma- 
dera, un arado viejo, bancos, cacharros. Junto al rancho, en se- 
gundo término un yunque con las herramientas adecuadas. Pleno 
invierno. Al alzarse el telón, los rayos del sol naciente empiezan a 
bañar la fachada de la casa. 

VICTORIA. — (Con traje tosco de invierno , gruesos botines y la cabeza 
envuelta en un rebozo, aparece por la puerta primera izquierda 
y se detiene en mitad de la escena indecisa, como pensando que 
olvida algo). ¡Ah! , . . ( Vuélvese rápidamente hacia los tarros de 
plantas y comienza a destaparlos). ¡Qué helada! . . . ¡Qué hela- 
da! .. . (Se sopla los dedos ateridos). 

MARÍA. — (Desde adentro, lejos). ¡Oh, Victoria, Victoria!... ¿Es 
hora ya? ¿Está pronto eso? . . . (Tanto esta pregunta como la res- 
puesta deben ser dichas en dialecto piamontés, si es posible). 

VICTORIA. — (Observando la altura del sol). Sí; es hora. ¿Pongo la 
señal, ya? 

María. — ¿Cómo no? 

VICTORIA. — (Toma una bolsa del suelo, la engancha en una horquilla 
y va a colocarla sobre el brocal del pozo). 

PRÓSPERO. — (Saliendo con una reja de arado en la mano. Lleva tam- 
bién ropa gruesa, la cara envuelta en un rebozo y los pies reto- 
bados con tamangos de mero de carnero ). ¡A buena hora pone la 
señal! ... ¡Ya vienen llegando los peones del bajo! ... Se le pe- 
garon las sábanas. . . ¿eh? . . . 

Victoria. — ¡Mejor! ... ¿Ya usted qué le importa? . . . 

Próspero. — ¿A mí?... Nada... Si usted anduviera trabajando 
desde las dos de la madrugada y con esta helada. . . (Detenién- 
dola). Buenos días, pues . . . Salude a los pobres . . . ¿Qué tal 
pasó la noche? . . . 

VICTORIA. — (Hace una mueca y huye gambeteando un manotón au- 
daz que le tira Próspero. Cuando se ha alejado bastante se vuelve 
para hacerle un palmo de narices y escapar de nuevo, riendo a 
carcajadas). 

Próspero. — ¡Ande irá el buey que no are! . . . (Va hacia el yunque 
y se pone a limar la reja). 

María. — (Aparece con un balde de leche. Debe conservar marcado 
acento italiano). Buen día, Próspero. . . ¿Tiene mucho que hacer 
ahora?... Hágame un favor... después, ¿eh?, que tomen el 
mate, lléveme la vaca negra al potrerito de la alfalfa. (Próspero 


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sigue su tarea). ¡Maldita vaca! . . . Miren qué porquería de le- 
che. . . Una gota. . . Ni vale el trabajo de ordeñarla. . . Y eso 
que todas las tardes le doy la ración . . . ¡Victoria! . . . ¿Has pre- 
parado el café para el viejo y los chiqujlines? . . . 

Victoria. — ( Con cuatro o cinco escudillas de hojalata y cucharas en 
una mano y un atado de galleta dura en la otra). ¡No puedo hacer 
todo a la vez, mamá! . . . Allí tiene las cosas prontas. . . el café. . . 
el agua hirviendo . . . 

MARÍA. — ¡Haragana! ... Yo te lo decía esta mañana. Levántate. . . 
levántate... Y vos, nada. ¡Si no durmieras tanto, te sobraría el 
tiempo! ... ¡Se lo voy a contar a tu padre! ¡Desde que viniste 
del Rosario te has vuelto muy señorona . . . 

Victoria. — (Se pone a tararear). 

MARÍA. — ¡Sinvergüenza! . . . Prepara eso y tírame un balde de agua. 
¡En seguida! . . . (Toma el balde de leche y vase izquierda rezon- 
gando). 

PRÓSPERO. — (Bribón). ¡Jo, jo, jo!... (De espaldas a Victoria , gol- 
pea sobre el yunque como si trabajara y cantando alguna tonada 
conocida). ¡Bien hecho! ¡Bien hecho! ¡Me alegro mucho! . . . 

VICTORIA. — ¡Zonzo!. . . (Coloca en orden sobre un banco los platos , 
cucharas y galletas). 

Próspero. — (Volviéndose). ¿Habla conmigo? . , . 

Victoria. — ¡No sé! . . . 

Próspero. — Anda mal el tiempo, ¿verdad? 

VICTORIA. — (Mimosa). Ahora, por eso mismo, no le doy una cosa 
que le traía para usted . . . 

Próspero. — (Interesado, yendo hacia ella). ¿Qué?... ¿A ver?... 

VICTORIA. — (Ocultando algo en la espalda). ¿Eh? Ansioso. 

Próspero. — ¡No sea mala! . . . ¡Muestre! (Intenta tomarle el brazo). 

Victoria. — ¡Salga! . . . ¡Atrevido! . . . 

Próspero. — ¡Mire que se lo quito! 

Victoria. — (Alejándose). ¡Vea! . . . ¡Pan, pan f resquito! . . . 

MARÍA. — (Desde adentro). ¡Muchacha! . . . ¿Me traes el agua? . . . 

VICTORIA. — (Dejando el pan sobre el banco). ¡Voy! . . . agárrelo, si 
lo quiere, pero ... yo no se lo he dado . . . (Va al pozo y echa 
el balde). 

Próspero. — (Toma el pan, lo divide en dos pedazos, que guarda 
en los bolsillos, y volviéndose a Victoria). ¡Espere! . . . ¡Voy a 
ayudarle! . . . 

Victoria. — No preciso. 

PRÓSPERO. — (Con fingida autoridad). ¡Qué no preciso, ni no pre- 
ciso! .. . ¡Salga de ahí!... ¡Qué se ha pensado! ¡Chiquilina 
desobediente! . . . (Intenta quitarle la soga). 

Victoria. — Déjeme, le digo. Déjeme. . . ¡No quiero! . . . 

Próspero. — Bueno . . . Entonces entre los dos . . . ¡Vamos a ver! . . . 
¡Así! ... ¡U. . . upa! . . . ¡Cómo pesa! . . . ¡Tire usted, pues! . . . 

VICTORIA. — (Temerosa, se aleja un tanto, conservando entre las ma • 
nos una braza de soga, mientras Próspero recoge el balde). 

PRÓSPERO. — (Después de una pansa). ¡Diablo! ... ¡Si había estado 
vacío! . . . 

Victoria. — ¡Mentira! . . . 

Próspero. — ¡Mire! 

Victoria. — (Se inclina para mirar y Próspero aprovecha el momentc 
para estamparle un ruidoso beso). 

VICTORIA. — ¡Atrevido! ... (Le pega en la espalda un sogazo. El baldé 
cae al pozo de nuevo). 

Próspero. — (Regocijado). ¡Já ja! . . . ¡Cómo me duele!. . . 

VICTORIA. — ¡Ah! ¡Sí! ¡Tome!... Vea lo que hago... (Se limpu 
la cara con la manga). 

Prospero. — ¡Hum! ¡Cualquier día se le borra! . . . (Toma la rej¿ 
y vase derecha. Victoria extrae de nuevo el balde. Oye fuera voce . 
diversas y chirridos metálicos. Los trabajadores van llegando, cor 
arados, a tomar el desayuno. Victoria vuelca el agua en otro cube 
y rápidamente lo lleva a María). 

VICTORIA. — (Antes de hacer mutis). Mamá. ¡Ya han venido! . . . 

NlCOLA. — Sí. ¡Natural! ¡Natural! . . . Los animales no sienten, ¿ehi 

PEÓN l 9 — Vea, don Nicola. Le digo que esa yegua es muy mañera 
Esta madrugada, cuando la até, casi me rompe un balancín, \ 
patadas . . . 



NlCOLA. — (Sacándose los gruesos guantes verdes), Má, por eso no 
se la castiga, ¿me entiende? ¿Se ha pensado que las yeguas son 
hombres? ... y que comprenden las cosas cuando les pegan. 

Peón l 9 — No; pero. . . 

NiCOLA. — Basta. No se hable más . . . (Van saliendo lentamente los 
otros peones, con indumentaria parecida a la de Próspero . Algunos 
con arreos y herramientas en las manos, que arrojan al suelo, en 
cualquier parte. Nicola se sienta sobre un tarugo o banco, saca 
una pipa, la llena, la enciende pausadamente y comienza a desa- 
tarse los tamangos; después aparece Victoria con una olla hirviente 
de mate cocido y se pone a llenar las escudAUas. Los peones la 
van tomando uno por uno, con la ración de galleta, y se esparcen 
por el patio, sentándose en el suelo a hacer sopas y tomar el desa- 
yuno. Pausa prolongada, cuya duración puede depender de la buena 
disposición escénica). 

NICOLA. — Diga, Ramón. ¿Va bien la reja en la melga del Alto 
Grande? . . . 

PEÓN 2 9 — No, señor don Nicola. Creo que debíamos dejar ese pe- 
dazo hasta que llueva. Aquello es romper arados y matar animales 
al ñudo. Ta muy seca la tierra. 

NICOLA. — Bueno. Andate ahora al rastrojo de la punta del alfal- 
far. . . Irá mejor... ¡Victoria! Traeme las botas... y decile a 
Luiggín que me ate el tordillo viejo en el birloche. Voy al pueblo. 
¿No ha venido Luiggín? ¿Dónde está ese muchacho?... (Victo- 
ria entra por la puerta derecha y regresa en seguida con las botas). 

MARÍA. — (Asombrada). ¡Oh!... ¿Vienen o no vienen a tomar el 
café? . . . ¡Qué se han creído! . . . Hace una hora que está pronto. 

Nicola. — Espérate un poco... caramba... (Se pone las botas). 

VICTORIA. — ¿Quiere el otro saco? . . . 

NICOLA. — ¿Y cómo no? . . . (Victoria váse de nuevo). 

Luiggín. — (Aparece saltando, con una liebre en la mano. Al ver a 
Nicola trata de ocultarla). Buen día, 

Nicola. — ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? . . . 

Luiggín. — Nada. . . Una liebre. . . 

Nicola. — ¡Ah, canalla! Has andado cansando la yegua, ¿eh? 

Luiggín. — ¡Mentira! 

Nicola. — ¿Cómo? 

LUIGGÍN. — Digo, no, señor. La agarraron los perros. Yo no la corrí . . . 
Iba por el alfalfar y . . . 

Nicola. — (Amenazador). Los perros, ¿no?... Los perros... Con 
que. . . 

LUIGGÍN. — Este. . . ¡Ah, tata! Del potrero del alfalfar falta un 
buey. . . 

NlCOLA. — (Reaccionando). ¿Cómo?. . . ¿Cómo?. . . 

LUIGGÍN. — Un buey. El buey blanco. Pa mí que se ha pasado al 
potrero de don Cantalicio. 

Nicola. — ¿Pasado? . . . ¡Hum! . . . Pasado o robado. . . 

PRÓSPERO. — (Incorporándose). Oiga, don Nicola. . . Mi padre no es 
ningún ladrón para que hable así., . ¿sabe? 

Nicola. — Yo no digo que él lo haya robado. . . Podría ser otro. . . 

Próspero. — (Sentándose) ¡Hum! . . . ¡Está bien! . . . 

María. — (Asomándose otra vez). ¿Pero no vienen a tomar el café? 
Yo no tengo la culpa si está frío. . . Diablo con la gente ésta. . . 
¿Se han pensado que estamos en la fonda? . . . 

NlCOLA. — Espérate. . . (Victoria aparece con un saco de pana. Nicola 
se saca el puesto y el rebozo de la cara y se cambia. Mientras, 
sale Rosina, chica de 10 ó 12 años , ocultando la mano izquierda, 
y se acerca a uno de los peones, pidiéndole algo. El peón le da 
una navaja y la chica va a sentarse en el suelo, én primer término . 
Entonces muestra la mano ensangrentada, sobre la que hurga con 
la punta del cuchillo). 

VICTORIA. — Bueno, vamos a tomar el café, que mama está enojada. . . 
Vení, Luiggín. . . Pasá. . . (Mutis de Nicola y Luiggín). ¿Y Ro- 
sina? , . . (Llamando). ¡Rosina! . . , 

Rosina. — ¡Aquí estoy! . . . Espérate un poco. . . 

Victoria. — ¿Qué hacés? (Se aproxima a la chica y al ver la sangre 
da un grito). Muchacha. . . ¡Qué te has hecho! . . . ¡Dios mío! . . . 

ROSINA. — Nada . . . Una astilla. En la mancera del arado, al hacer 
así . . . Me la clavé. 


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VICTORIA. — ¡Oh! . . . ¡Qué barbaridad! . . . ¡Virgen Santísima! 

NlCOLA. — - ( Reapareciendo ). ¿Qué pasa? ¿Qué gritos son esos?. . . 

Victoria. — Esta pobre chica . . . Dios santo. 

NlCOLA. — (Alarmado). ¡Cosa! . . . ¡Cosa! . , . (Examina la mano de 
la chica y con gesto displicente ). ¡Bah! . . . Sonserías... ¡No es 
nada! . . . Sonserías. . . ¡Vení a tomar el café! . . . 

Rosina. — ¡Eso digo yo! Una pavada... (Se pasa la lengua sobre 
la herida y hace mutis con N ico la y Victoria). 

Peón l 9 — ¡Pcha! Gringos desalmaos... Podridos en plata y ha- 
ciendo trabajar a esas pobres criaturitas . , , 

Peón 2 9 — Por eso tienen plata, pues . . . 

Peón l 9 — Natural. . . ¡Miren esa chiquilina! . . . Dejuro que se ha 
tajeao una vena... y los padres tan frescos... ¡Había de ser 
hija mía! . . . 

Peón 2 9 — O mía. . . Hacer levantar a esas criaturitas de Dios a las 
dos de la madrugada, con estas heladas, pa que trabajen como 
piones . . . 

Peón $ 9 — Y trabajan los botijas como hombres grandes. Che, ¿ha- 
brá más? (Va a la olla y se sirve otra escudilla de mate). 

PEÓN 2 9 — Güeno, son estranjis y se acabó. Está dicho todo. 

PRÓSPERO. — (Alzándose*. Cómo son ustedes de murmuradores... Si 
fueran dueños de la colonia harían trabajar hasta los gatos . . . 
¡Salgan de ahí! . . . 

Peón l 9 — Hijito. . . ¡Yo no! . . . 

PRÓSPERO. — ¡Ah! . . . Vos. . . ¡Qué esperanza! . . . Tus hijos serían 
diputados y las mujeres modistas, cuando menos... Cállense la 
boca . . . Que saben ustedes . . . búsquenme la última gringuita de 
éstas y verán qué mujer así les sale . . . qué compañera pa todo . . . 
habituadas al trabajo, hechas al rigor de la vida, capaz de cual- 
quier sacrificio por. su hombre o por sus hijos . . . ¡Amalaya nos 
fuéramos juntando todos los hijos de criollo y de gringo ¡y verían 
qué cría! . . . 

PEÓN 2 9 — ¡Oigale! ... ¿Y qué haces vos que no te juntás de una 
vez con la hija del patrón? . . . 

Próspero. — Calíate la boca . . . 

Peón l 9 — ¿Te pensás que no te hemos visto prendido con ella en 
el brocal del pozo? . . . 

PRÓSPERO. — r (Arrimándose amenazador). Bueno. Si me has visto me 
has visto . . . Pero cuidado con la lengua. 

Peón 2 9 — No tengás miedo. . . Vos sabés, hermano, que. . . 

Peón 3 9 — Che, Próspero . . . Ahí llega uno a caballo que me parece 
tu tata. . . 

Próspero. — (Acudiendo a mirar). Sí; es él. Apéese, viejo. (Vase joro 
derecha). 

(Los peones, con el bocado aún, se alzan, depositan las escudillas sobre 
el banco y recogiendo sus herramientas, látigos y enseres, acomo- 
dándose las ropas, afilando las rejas (ad libitum-., desaparecen len- 
tamente en el transcurso de las des escenas siguientes). 

MARÍA. — Me hace el favor, Próspero. . . ¡Oh! ... ¿Se ha ido ya? . . . 

Peón l 9 — No, señera. Fue a recibir al viejo Cantalicio que ha 
llegado. . . 

María. — Bueno. Me hace el favor, ¿eh?, de decirle que no se olvide 
de llevar la vaca negra al potrerito. . . que la lleve con el ter- 
nero también, ¿eh? . . . Y que me traiga la otra vaca, esa vaca 
amarilla, ¿sabe? (Vase derecha). 

Peón l 9 — ¡Pierda cuidado! (A los otros). ¡Fíjate, che! ¡La vaca 
amarilla! . . . ¿Por qué no pedirá una vaca violeta? (Risas). 

Próspero. — Pase no más, viejo. 

Cantalicio. — Milagro que no hay perros . . . Estos colonos saben 
tener la perrada enseñada a morder y garronear criollos. ¡Güen 
día! . . . ¿No hay nadie, che? . . , 

Próspero. — Están tomando el café . . , Siéntese por ahí. Yo me voy 
porque tengo mucho que hacer. . . 

Cantalicio. — No; quédate nomás. Tenemos que hablar un rato. 
Supongo que no te han de pegar porque demorés un poco . . . 

PRÓSPERO. — Si es muy urgente . . . Bueno. 

Victoria. — (Apareciendo con Rosina , tironeándola). Venga a cu- 
rarse esa mano . . . 


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ROSINA. — Yo, yo sólita quiero sacarme la espina. . . Si vos lo haces 
me duele . . . 

VICTORIA. — Venga a lavarse primero... ( Viendo a Cantalicio). 
Buen día. . . ¿Cómo está? 

Cantalicio. — (Seco). Bien, no más. 

Victoria. — ¿Busca a tata?. . . Ya viene. . . Siéntese. . . (Le acerca 
un banco). Está terminando el viejo. . . i Qué milagro por acá! . . . 

Cantalicio. — Es verdá; un milagro . . . ¿Qué le ha pasao a esa 
criatura? . . . 

ROSINA. — (Con cierto orgullo). Vea: me clavé una astilla tremenda 
en la mano. Aquí; mire. . . 

CANTALICIO. — (Como distraído ). ¡Tá güeno! . . . (Victoria, impa- 
ciente, toma por un brazo a la chica y váse derecha). 

Próspero. — ¿Qué le han hecho, tata, ellos, pa que los trate así? . . . 

Cantalicio. — A mí . . . nada. ¿Y yo qué te he hecho a vos pa que 
me vengas con esas cosas? . . . 

Próspero. — (Displicente). ¡Bah! . . . ;Bah! . . . ¡Bah! . . . (Aparte). 
Vale más que me vaya. . . 

Cantalicio. — ¿Qué estás rezongando? . . . 

PRÓSPERO. — Digo, que si volvemos a las andadas . . . vale más que 
me vaya al trabajo . . . 

CANTALICIO. — ¡Te he dicho que esperés! . . . ¡Ahí viene el gringo! . . . 

NlCOLA. — (Con la pipa en la boca). ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ah!... 
Buen día. . . ¿Cómo va don Canta. . .Ücio? . . . Está bien, ¿eh? . . . 
(Le tiende la mano). 

Cantalicio. — (Alargando la suya con desgano). De salud, bien... 

NlCOLA. — Menos mal. (Sentencioso). En este mundo... en este 
mundo la salud es lo .primero. Habiéndola, lo demás es . . . tra- 
bajo . . . buenos puños . . . 

Cantalicio. — ( Aparte j. Güeñas uñas pa robar. . . 

NlCOLA. — (A Próspero). ¿Ramón se ha ido ya?... Bueno... 
¡Nada! ... (A Cantalicio). Conque. . . Hace frío, ¿eh? 

Cantalicio. — ¡Rigular!... 

NlCOLA. — Una helada de la gran siete. . . Y el tiempo no piensa 
llover. . . ¡La tierra más dura!. . . Se rompen los arados. . . 

Cantalicio. — Así ha de ser. . . 

Nicola. — Está bien; está bien . . . Bueno . . . Usted venía por alguna 
cosa, ¿verdad? 

Cantalicio. — Sí, señor. 

NlCOLA. — (Sacando la ceniza de la pipa). ¡Está bueno! ¿Le ha ido 
bien de negocios?... 

Cantalicio. — ¡Como el diablo! . . . 

NlCOLA. — Está bien. . . (Se frota las manos). Usted viene a hablar- 
me, ¿verdad? Bueno. . . yo voy adentro, a mi cuarto, a buscar los 
papeles, ¿eh? Usted me disculpará un ratito... Con permiso, 
¿eh? (V ase frotándose las manos). 

Cantalicio. — Lo has visto al gringo... Míralo qué contento... 
Ha husmeado que no le traigo la plata. . . ¡Hum! . . . 

Próspero. — No sé de qué me habla. . . 

Cantalicio. — Hacete el desentendido. Cuando menos sos socio ya 
d’él. . . ¿O no sabés que ayer se me vencieron todos los papeles 
que le firmé ... ¿Y qué no tengo con qué pagarle? . . . 

Próspero. — ¿Eh? La culpa no es mía. . . 

Cantalicio. — ¡Desalmao! ... Es que me va a quitar el campo. . . 

y la casa ... y todo . . . 

Próspero. — ¿Y? . . . 

CANTALICIO. — (Desconcertado). Es que todo eso es tuyo, también. . ., 
que nos quedaremos los dos sin nada. . . 

Próspero. — ¡Pa lo que he tenido! . . . 

Cantalicio. — Mirá, Próspero . . . No empecés con esas cosas . . . 
Viá creer que ya me has perdido el poco cariño que me tenías . . . 
Vení aquí; a mi lao. . . ¡Sentate! . . . ¿Te parece cosa linda que 
de la mañana a la noche, un estranjis del diablo que ni siquiera 
argentino es, se te presente en la casa en que has nacido, en que 
se criaron tus padres y vivieron tus agüelos ... se te presente y 
te diga: fuera de acá, este rancho, ya no es suyo, ni ese campo 
es suyo, ni esos ombuses, ni esos corrales, ni esos cercos son 
suyos?... (Conmovido). ¿Te parece justo y bien hecho?... 


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Próspero. — Yo no digo que sea justo. Digo... que no tengo la 
culpa. . . Usted sabe que desde hace tiempo vivo por mi cuenta 
y de mi trabajo. Jamás me he metido en sus negocios. . . 

Cantalicio. — Lo sé muy bien, pero . . . 

Próspero. — Y si pudiera pagarle a don Nicola lo que usted le debe, 
lo haría con mucho gusto . . . 

Cantalicio. — Entonces ¿creés que debo quedarme tan fresco y dejar 
que éstos me pateen el nido? 

Próspero. — ¡Qué más remedio! Si usted me hubiese dado el cam- 
pito cuando yo se lo pedí pa sembrarlo, no se vería en este trance; 
pero se empeñó en seguir pastoreando esas vaquitas criollas que 
ya no sirven ni pa . . . insultarlas, y cuidando sus parejeros y puro 
vivir en el pueblo, y dele al monte y a la taba . . . y, amigo . . . 
a la larga no hay cotejo . . . 

Cantalicio. — ¡Velay! . . . Esa no me la esperaba. . . Llegar a esta 
edá pa que hasta los mocosos me reten... ¡Salite de acá, des- 
castao! . . . 

Próspero. — No, tata. No sea así . . . " Bisogna eser”. 

Cantalicio. — ¡No digo!... Con que "bisoñas”, ¿no?... ¡Te has 
vendido a los gringos! . . . ¿Por qué no te ponés de una vez una 
caravana en la oreja y un pito en la boca y te vas por ahí a jerin- 
gar a la gente? . . . ¡Renegao! . . , ¡Mal hijo! . . . 

NlCOLA. — (Apareciendo con una escopeta a la espalda y un rollo 
de papeles en una mano). ¡Cosa! . . . ¡Cosa! . . , 

Cantalicio. — Nada, señor. 

NlCOLA. — Disgustos con el muchacho, ¿no?... Bueno... ¡No es 
malo, el muchacho! . . . Trabajador. . . honrado. . . Está bien. . . 
Con que . . . aquí tenemos los papelitos, los papelitos. 

Cantalicio. — Y pa qué se viene con escopeta. . . ¿Piensa que soy 
algún bandido? . . . 

NlCOLA. — ¡Qué esperanza! Usted es un buen hombre... un buen 
criollo. . . Traigo la escopeta por las dudas. . . Como voy al pue- 
blo, ¿sabe? Siempre se encuentra una liebre . . . una martineta en 
el camino. . . Diga. ¿Me ha visto un buey blanco en su potrero? 

Cantalicio. — Sí, acabo de arrearlo p’acá. . . Güeno. Vamos a ver 
si arreglamos eso. . . 

NlCOLA. — ¡Vamos a ver si lo arreglamos! A mí me gustan los nego- 
cios derechitos, ¿sabe?... (Revisa los papeles lentamente). Tres 
mil . . . tres mil ... y setecientos . . . son tres mil setecientos, 
¿no?. . . y quinientos. . . cuatro mil doscientos. . . y cuatrocien- 
tos cincuenta más. . . aquéllos, ¿se acuerda?, del valedto. . . Bue- 
no, en total cuatro mil seiscientos cincuenta pesos nacionales del 
país. . . ¿Eh? (Mientras Nicola hace su cuenta pasa Victoria hacia 
el foro con un cernidor aventando maíz o trigo. Próspero la sigue 
con la mirada y a poco vase también). 

CANTALICIO. — Justito . . . No ha puesto nada de menos . . . 

NlCOLA. — Y ahora nos vamos al pueblo ... dal escribano ... y us- 
ted me da la platita. . . y se lleva todos estos papelitos. . , Digo, 
si usted me trae la platita . . . 

Cantalicio. — No traigo nada. . . Usted lo sabía mejor que yo. . . 

NlCOLA. — Entonces ¿cué cosa hacemos?. . . Usted lo dirá. . . 

Cantalicio. — Una renovación . . . Vea . . , Con franqueza, yo venía 
a pedirle que me diera un año más de plazo ... Al interés que 
usted diga. . . 

NlCOLA. — ¿Un año? . . . ¿Un año? . . . Mire. . . Usted es un buen 
hombre, ¿sabe?, un buen criollo .... pero de negocio entiende 
poco ¿Un año? . . . Esto, son cosa que no se pueden hacer. 

Cantalicio. — ¿Cómo que no? . . . ¿Quién le ha dicho? . . . 

Nicola. — Le voy a ser franco, ¿sabe? Si ahora usted no me puede 
pagar, dentro de un año me paga menos . . . 

Cantalicio. — ¿Usted qué sabe? 

Nicola. — ¡Pa! . . . ¡Pa! . . . ¡Pa! ... Si no supiera esas cosas. . . 

Cantalicio. — De modo que usted quiere quedárseme con el campo. 

NlCOLA. — Bueno. Para decirle la verdad . . . Usted tiene razón . . . 
Y eso, ¿sabe?, es el negocio que le conviene a usted. Necesito el 
terreno. Mi hijo, ese que estudia de ingeniero en Buenos Aires, me 
ha demandado que le busque tierra porque quiere venir a poner 
una granja, cremería, o qué sé yo. . . Piense bien el negocio, 


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¿sabe?... De todos modos... ese campito está perdido. Si el 
año que viene o el otro ... va a tener que entregármelo, me lo 
entrega hoy y se gana los intereses 

CANTALicio. — ( Paseándose nervioso ). Y si a mí se me antoja no 
pagarle ni entregarle el campo, ni hoy ni nunca . . . 

MIGOLA. — (Rascándose la cabeza con socarronería). ¿Si se le anto- 
ja?. . . Eso es una otra cosa . . . 

Cantalicio. — Y dirme al pueblo y meterle un pleito de todos los 
diablos . . . 

Nicola. — ¡Ah! . . . ¡No! . . . Con la hipoteca non se scherza, caro 
amico . . . 

Cantalicio. — (Aparte). ¿Qué no?... Ya vas a ver... ¡Conozco 
un procurador que te va a meter cada esquerzo! ... (A Nicola). 
¿De modo que no me espera? 

NICOLA. — No me conviene. . . 7 

Cantalicio. — ¿Ultima palabra? . . . Bueno. Proteste, demande . . . 
Y haga lo que quiera. Yo ño pago, ni entrego el campo. . . está 
dicho . . . 

Nicola. — Bueno. Pero vea que usted se perjudica, ¿no? . . . 
Cantalicio. — Pero del lobo un pelo . . . Adiosito . . . 

Nicola. — Escuche, amigo. . . Escuche. . . Es por su bien. . . (Llegan 
voces acaloradas del foro izquierdo. Nicola y Cantalicio se detienen). 

María. — (Aparece con Victoria , tironeándola de un brazo). ¡Inde- 
cente! . . . ¡Sinvergüenza! . . . ¡Mala hija! . . . ¡Camina, pues! . . . 
(Como Victoria se resiste, le aplica unos mojicones). ¡Indecente! 
¡Indecente! . . . 

NICOLA. — ¿Cosa? . . . ¿Cosa? . . . (Interponiéndose) . ¡Victoria! . . . 
¿Qué has hecho? . . . 

VÍARÍA. — ¡Figúrate! ... Yo iba para el corral a buscar una cuerdita 
que había dejado y de repente me la veo a esta porcachona inde- 
cente (le tira un manotón) que se dejaba dar un beso, con ese 
gauchito, ese. . . el hijo del señor. . . ¡Cochina! . . . 

Cantalicio. — ¡Oigalé! . . . 

Nicola. — ¿Cómo? ¿Cómo? . . . ¿Próspero la besaba? . . . 

María. — ¡Sí, Próspero! . . . 

Nicola. — ¡Ah, no! ¡Ah, no! ¿Y dónde está ese atrevido? . . . (Lla- 
mando). ¡Próspero! ... ¡Eh! . . . ¡Próspero! . . . 

PRÓSPERO. — (Grave). ¿Me llamaba, patrón?. . . 

Nicola. — Diga, señor. . . 

María. — ¿Cómo señor? ... ¡Es un atrevido, un canalla! ¡Un pión! . . 

Nicola. — Usted calíate, ¿eh?... Diga... ¿Esa es la manera de 
portarse con las personas decentes?... ¿Qué se ha pensao? . . . 
¿Qué está en la casa de una china como usted? . . . 

Cantalicio. — ¡Eh! ¡Baje la prima, gringo del diablo! . . . 

Nicola. — ¿Cómo usted bien conoce? ¿Eh? Diga. ¿Qué se ha 
creído? . . . 

Próspero. — Yo nada, señor. 

NICOLA. — Nada, ¿eh? . . . Bueno. Entonces, ahora mismo arregla sus 
cosas y se manda mudar, ¿sabe? ... (A Victoria). Y vos sinver- 
güenza. Andate pa dentro, que ya te voy a arreglar . . . 

Próspero. — (Interviniendo). Vea, señor. Más despacio con ella. Ca- 
ramba. . . Aquí no hay falta ni delito. Lo que pasa es que. . . 
los dos nos queremos y que estoy dispuesto a trabajar para ca- 
sarme con ella. 

Nicola. — ¿Cosa?... ¿Cosa?... Mandesé mudar le digo... En 
seguida, ¿eh?... Casarse... Casarse... Te gustaría, ¿eh? Ca- 
sarte con la gringa pa agarrarla la platita. . . Los pesitos que 
hemos ganado todos trabajando... ¡Trabajando como animales 
sobre la tierra! . . . ¡Ya! Mandesé mudar. . . ¡Haraganes! . . . 
Aprendan a trabajar primero . . . No me faltaría otra cosa que 
después de tanto sacrificio pa juntar un poco de economía viniese 
un cualquiera a querérsela fundir. . . Mandesé mudar. . . (Prós- 
pero hace ademán de echarse sobre Nicola. Cantalicio lo contiene. 
María empuja a Victoria hacia la derecha, Nicola sigue detrás, 
hablando y volviendo la cabeza). ¡Con qué casarte! . . . Casarte 
con la herencia, ¿no? Con la herencia del gringo viejo... Pa 
gastarla en los boliches y jugarla en las carreras. . . ¡Haraganes! . . . 
(V ase mascullando frases en dialecto). ¡Mándese mudar! Aprenda 
a trabajar primero. 


391 



ACTO SEGUNDO 


En la fonda 

En una fonda del pueblo. El comedor y despacho de bebidas. Puerta 
al foro que da a la calle. Una o dos a derecha e izquierda que 
comunican con el interior. Mostrador y armazón con botellas. Pro- 
fusión de mesas, una de ellas larga, ocupada por los parroquianos 
que almuerzan. En otras, gente que bebe aperitivos, lee diarios o 
charla simplemente. En uno de estos últimos grupos, un cura. 
Detrás del mostrador, un señor grueso — el fondero — y sirviendo 
las mesas una muchacha, su hija. Las paredes del despacho tapi- 
zadas de reclamos de máquinas agrícolas, retratos de los reyes ita- 
lianos, etc. Del techo pende una gran lámpara y guirnaldas de 
papel de colores. Donde resulta más cómodo, un ventanillo que 
comunica con la cocina. 

(Al levantarse el telón, gran bullicio. Un grupo de colonos, con 
. trajes de pana, trenzados en los últimos tantos de una partida a 
la murra). 


¡Tré! . . . 

¡Cuatro! . . . 

¡Due! . . . 

¡Tré! . . . 

¡Due! . . . 

¡Tré! . . . 

¡Tutta la morra! . . . 

E finita (Risas y exclamaciones). 

Un Gringo. — ¡Patrone! . . . ¡Una botxglxa de barbera! . . . 

El Fondero. — ¡Súbito! . . . 

El Cura. — (Dejando un diario). ¿Han acabado de gritar? ¡Ya era 
tiempo, hombre! , . . (Aproximándose al grupo). Usted, doctor. . . 
¿Qué tal se encuentra para una partidita a la escoba? . . . Mire 
que debe la revancha de anoche. . . 

El MÉDICO. — Podríamos hacerla de cuatro, . . 

El Cura. — Eso es. (A un parroquiano). ¿Usted juega, don Pedro? 

PARROQUIANO 1 ? — Por pasar el rato. . . Cómo no. 

El CURA. — Falta otra pierna. . . ¿Usted entra? 

Parroquiano 2 ? — No puedo; tengo que irme a la estación. Voy 
a acompañar a Próspero, el hijo de don Cantalicio, que se va 
para el Rosario del todo. 

NlLDA. — (Acercándose al ventanillo). ¡Vitela para uno!... ¡Mines- 
tra para dos! . . . ¡Un postre! . . . (Regresa con varios platos y 
sirve a diversos comensales). 

El Cura. — ¡Caramba! ¿Y cómo hacemos?... (Al fondero). ¿Entra 
usted, patrón? Les jugamos yo y usted a don Pedro y al doctor. . . 

El Fondero. — ¡Cómo no! Ya estuvo... ¡Voy a servirle a estos 
borrachos el barbera y en seguida!... (Se acerca a la mesa de 
los colonos con botellas , copas y tirabuzón). 

El Cura. — Aquí en esta mesa, no más. ¡Nilda! . . . ¡Nilda: . . . Tráe 
las cartas. Ya debían estar aquí, muchacha. Ya debían estar aquí. . . 

NlLDA. — ¡Ni que yo fuera Dios pa estar en todas partes! . . . (Va 
en busca de las cartas al mostrador y vuelve con ellas. Mientras , 
el fondero destapa la botella y sirve vino a los colonos con gran- 
des muestras de albórozo). 

VOCES. — ¡Eviva el vin! . . . Eviva! . . . ¡Eviva Garibaldi! . . . 

El CURA. — (Volviéndose). ¿Eh? ¿Eh? ¡Qué tanto Garibaldi, ni Gari- 
baldi! . . . ¡Miren, mañana es fiesta y tendrán que ir a misa! . . . 

El FONDERO. — (Acercándose). — Aquí estoy. . . A ver, padre, cómo 
se porta ¿eh? 

El Cura. — Yo doy. . . (Da las cartas. Pausa. Los colonos, copa en 
mano, entonan de esos aires nostálgicos del Piamonte. Los parro- 
quianos escuchan atentamente, con excepción del cura y sus com- 
pañeros que continúan absorbidos por el juego. Antes de terminar 
el coro, entra un paisano y se recuesta al mostrador, y así que ha 
concluido, golpea fuertemente con el mango del rebenque). 

Paisano. — ¿No hay quien sirva aquí? ... ¡A ver, pues! . . . 



Fondero. — ¡Ya va, hombre! . . . ¡Hijo del país para ser barullen- 
to! . . . ¡Nilda, anda, serví a ése! . . . (Prosigue la jugada ), 

Nilda. — ¿Qué va a tomar? . . . 

Paisano. — (Sirviéndole rápidamente). Ahí tiene... 20 centavos... 

PAISANO. — (Después de apurar la copa). Diga, moza... ¿no ha 
caído por acá el médico? . . . 

Nilda. — ¿El doctor Buottini?. . . Allí está, ¿no lo ve?. . . 

PAISANO. — Ni lo había visto. (Acercándose al grupo). Güen día, 
señor doctor. . . Yo venía a buscarlo pa ver si quiere irse hasta 
la chacra de los Bertoni, que hay un enfermo grave. 

El Cura. — (Alarmado). ¿Cómo, Bertoni está enfermo? ¿Cuál de 
ellos? ¡Pobre! . . . 

PAISANO. — No es ninguno de los colonos ... Es un peón del me- 
diero, un cordobesito joven . . . 

El Cura. — ¡Ah! . . . ¡Eso es otra cosa! . . . 

PAISANO. — ¿Cómo otra cosa? . . . Desde que un cristiano está enfer- 
mo ... lo mismo es que sea rico como pobre . . . 

Médico. — ¿Y qué tiene el peón ése? . . . 

Paisano. — Está muy mal, dotor ... Antiyer cuerió un animal muerto 
de peste y se le ha.formao un grano en el brazo. . . 

Médico. — ¡Carbunclo! . . . 

Paisano. — Eso debe ser. . . 

Médico. — Está bien . . . Dígale a Bertoni que veré si puedo ir esta 
tarde . » . 

Paisano. — ¡Pero dotor! ... Si es que y aestá muy hinchao, y si no 
lo operan en seguida se muere . . . 

MÉDICO. — ¡Qué quiere que le haga! ¡Estoy muy ocupado! . . . No 
puedo . . . 

PAISANO. — (Medio aparte). ¡Ocupado! ¡Ocupado! . . . Muy bien que 
si fuera Bertoni el enfermo o cualquier otro gringo rico, ya anda- 
ría al trote por entre los maizales. . . Vea, dotor. . . Haga el 
servicio . , . Ese pobre muchacho se va a morir ... Le asiguro que 
le vamos a pagar lo que sea. . . 

MÉDICO. — Bueno, bueno . . . Está bien. Espéreme por acá, que cuando 
acabe vamos. . . (Recogiendo las cartas de la mesa). ¡Escoba!. . . 

Paisano. — ¡Ta bien!... (A Nilda). Niña... ¿Me quiere servir 
otra ginebrita? . . . (Nilda le sirve. Uno de los colonos cantores 
pide barajas y el grupo arma otra partida a la escoba). 

María y Victoria avanzan desde la puerta del foro cargadas de paque- 
tes. Visten trajes dé domingo de mal gusto. 

MARÍA. — (Depositando los paquetes en una mesa). Salud a toda la 
reunión. . . ¡Uf! ¡Cómo estoy cansada! ¡Cómo está, señor cura! . . . 
¡Señor doctor! . . . ¡Señor don Pedro! . . . (Al saludar al fondero). 
Y la señora Margarita. . . ¿está buena? . . . 

NlLDA. — ( Que ha saludado ya a Victoria). Está buena, señora Ma- 
ría. . . Voy a llamarla. . . 

María. — ¿Cómo te va, hija?. . . No la incomodes. . . Mirá, traeme 
primero un refresquito. . . Tengo una sed como un diablo. 

El Cura. — ¿Y don Nicola, señora? 

María. — Ahora no más viene. Está del escribano por unos asuntos . . . 
(A Victoria). Pero sentáte, muchacha. . . ¡Parece que vos no te 
cansaras nunca! ... ¿O tenés ganas de irte a la puerta de la calle? 

Nilda. — (Después de servir los refrescos). ¡Mama! ¡Mama! . . . ¡Ven- 
ga que está la señora de don Nicola! . . . 

Un Comensal. — ¡Nilda! . . . ¡Nilda! . . . ¿Acabarás de servirme? 

NlLDA. — Aquí estoy. ¿Qué más quiere? . . . 

Comensal. — Un pechito . . . 

Otro Comensal. — Y a mí también. 

NlLDA. — (Rápidamente al ventanillo). Dos pechitos... 

El Cura. — (Volviéndose). De cordero. 

Margarita, — (Que aparece secándose las manos con el delantal). 
¿Cómo está, doña María? . . . Disculpe que tengo las manos mo- 
jadas . . . 

MARÍA. — ¡Oh! ¡No es nada! ... (Se abrazan y se besan brutalmente ). 

Margarita. — Asiéntese, tome asiento. . . ¿La salud bien?. . . 

María. — Cosí! ¡Cosí... por ahora buena, gracias... A usted ya 
la veo tan gorda ¿eh? 

Margarita. — ¿Y qué milagro es éste? . . . 



MARÍA. — Un milagro de veras ... Yo no pensaba venir al pueblo . . , 
pero ésta me empezó con que vamos y vamos... que le dije 
bueno. Quería comprarse un vestido, ¿sabe? y acabamos de hacer 
una punta de gastos. ¡Cómo están- caras las cosas! ¿eh?... Una 
punta de gastos para la señorita hija. . . Yo no sé deveras qué 
hace esta muchacha con los trajes ... El año pasado le compré 
ése que tiene ... Y dice que ya no le sirve . . . Ahora me han 
vendido este generito en casa Testaseca. . . Mírelo... ¿Qué le 
parece? (Desenvuelve un paquete y ambas examinan prolijamente 
el genero). Es bueno, ma es caro como la gran siete. . . Y ahora 
se le antoja que lo haga de la modista el vestido ... Yo le digo 
que no . . . Para qué gastar más plata, que cuesta tanto ganarla, 
si podemos coserlo nosotros mismos . . . No quedará de moda, 
pero anda bien vestida y limpia . . . ¿Qué se piensa? . . . Ahí don- 
de la ve a ésta, se le están viniendo muchos pájaros en la cabeza . . . 

Margarita. — Y diga, don Nicola. . . ¿está también en el pueblo? 

María. — Vinimos con él en el carro grande... Tenía que arreglar 
el pleito con ese viejo don Cantalicio. . . Embrollón. . . Le metió 
cuestiones ¿sabe? . . . Para no pagar, procuradores y juez de paz 
y testigos y qué sé yo . . . Nicola tuvo que andar en viajes a 
Córdoba, al Rosario. . . el viejo tenía los papelitos. . . y le ganó 
el asunto en el juez. . . Ma le ha costado buenos pesitos. . . ¡Mire, 
doña Margarita, con estos criollos del país no puede tener nego- 
cio: son una punta de tramposos! . . . Como no ganan la plata 
como nosotros. . . (Tumulto en la mesa que sirve Nilda. Al acer- 
carse ésta con los platos, uno de los parroquianos se ba tomado 
cualquier libertad y Nilda, dejando caer el plato, la arremete con 
él a moquetes ). 

NlLDA. — ( Pegándole ). ¡Sinvergüenza!... ¡Sinvergüenza!... ¡Atre- 
vido! . . . (Risas, algarabías ). 

El FONDERO. — (Interrumpiendo el juego sin moverse). Pero decime 
una cosa. Bachicha. . . ¿Cuándo vas a dejar de embromar la pa- 
ciencia? . . . ¿Andás buscando que un día te sosiegue yo? . . . 
¿Qué te has pensado, eh? . . . 

Margarita. — ¡Eso digo yo! . . . A ver si se acaba la historia, ¿eh? 
Todos los días tiene que hacer con la muchacha. . . ¡Sinvergüenza! 
Se ha creído que mi hija es un trapo. . . ¡Caramba! ¡Caramba! . . . 
SÍ va a seguir así se cambia de fonda. . . 

María. — Déjelo estar, doña Margarita. Déjelo estar. . . Estos atre- 
vidos no valen la pena un bochinche. . . Se figuran, ¿sabe?, que 
todas las mujeres son iguales. . . La vez pasada. . . Con ésta (por 
Victoria) también me sucedió una cosa. El compadrito del hijo 
de don Cantalicio se estaba propasando mucho, caramba. . . Por 
eso lo echaron . . . Pero la muchacha . . . 

Nilda. — (Que vuelve del ventanillo). ¡Mama!... La llaman de 
la cocina. . . 

María. — Haga su comodidad . . . Haga, no más ... Vea, y con su 
permiso yo también voy un poco adentro a aflojarme este vestido 
que me incomoda. . . 

Margarita. — Pase. . . Pase. . . 

MARÍA. — (A Victoria). ¡Che. . . venite vos también! . . . 

Victoria. — No; yo me quedo. . . ¿Qué voy a hacer adentro? 

María. — ¡No, no, no! . . . Camínate no más para adentro. . . (Victo- 
ria vase de mala gana volviendo los ojos hacia la puerta y dete- 
niéndose lo suficiente para ver a Próspero). 

PRÓSPERO. (En traje pueblero aparece nervioso y alegre, saludando 

a todos los parroquianos " a piacere” y se acerca por último a la 
mesa del cura). ¡Salud, señores! , . . ¡Buenos días! . . . ¿Qué tal 
esa escoba? . . . ¿Quién pierde? . . . 

El Cura. — Hola, Próspero. Con que te vas, ¿eh? . . . 

Próspero. — Sí, señor. Ahora mismo. En el tren del Rosario. ¡A 
hacer patria a otro lado! . . . 

El Cura. — No vas mal encaminado, muchacho. No vas mal enca- 
minado... ¡La cuestión es tener juicio, ahora!... Da usted, 
doctor. . . Ese mister Daples es una buena persona, y si te toma 
cariño, vas a ir muy lejos con él. 

Próspero. — Efectivamente. El hombre me tiene fe. . . Pero por algo 
ha de ser. . . Si yo no sirviera para nada no me protegería. ¿Tata 
no ha venido? Quedamos de vernos aquí... ¡Pobre viejo! No 



le hace un chiquito de gracia que yo me vaya. . . Dice que soy 
un renegao que me he vendido a los gringos, que lo abandono 
ahora que está pobre . . . 

El Cura. ■ — Preocupación de criollo viejo, no más . . . 

PRÓSPERO. — ¡Es natural! . . . ( Viendo que Victoria se asoma tímida- 
mente a la puerta). ¿Cómo está usted, señorita Victoria? . . . (La 
obliga con el gesto a avanzar). Su mama ¿está buena? 

VICTORIA. — (En voz baja). ¿Se va, entonces? . . . 

Próspero. — No hay más remedio. . . Le juro que he hecho todo 
lo posible por quedarme. . . 

Victoria. — No lo ha hecho. ¡No!... Si me quisiera deveras... 

Próspero. — Eso es lo que usted no sabe. . . Porque la quiero y 
mucho es que me voy. . . a trabajar. . . a hacerme gente, a ganar 
dinero para merecerla . . . 

Victoria. — Si yo no preciso eso . . . 

Próspero. — Pero su padre sí. ¿Piensa que me he olvidado de aque- 
llos insultos? . . . 

Victoria. — ¿Por qué no trabajar aquí?... (Mimosa). Ahora usted 
se va y no se vuelve a acordar de mí . . . Cuando vea otras mu- 
chachas en el Rosario, más lindas y más educadas que esta pobre 
gringa, me deja no más . . . Me deja . . . 

Próspero. — (Transportado). ¡No, prenda, no! ... ¡Si vos sos mi 
vida, lo único que he querido en este mundo! . . . 

VICTORIA. — (Compungida). Es que me voy a quedar muy triste... 
Sólita. . . Sin verlo. . . 

Próspero, — (Afectado también). Te queda el consuelo de saber que 
nunca te olvidaré. . . 

MARÍA. — (Asomándose). ¡Oh!... ¡Victoria!... (Próspero se aleja 
rápidamente. Victoria queda como estática con la cabeza baja). 
¡Victoria! . . . ¿Qué cosa estabas hablando con ese sinvergüerza? . . . 
Contestá, pues. . . Andás con gana de una paliza vos, ¿eh? ¡Y 
yo te voy a dar ahora no más! . . . ¡Camínate adentro ya. . . lige- 
rito! . . . (Victoria a medida que le habla la madre contrae el gesto 
y acaba por estallar en sollozos. Se produce en ese momento una 
pelotera entre los gringos colonos. María empuja a Victoria hacia 
afuera). 

PRÓSPERO. — (Que miraba la escena con emoción, reaccionando). 
¿Eh?... Ya debe estar por llegar el tren. (Al parroquiano 2 9 ). 
Nos vamos, che. . . 

Parroquiano 2? — ¡Sí, ya es hora! . . , 

Próspero. — Caramba, sentiría no despedirme del viejo . . . Bue- 
no. . . Conque... ¡señores, hasta la vuelta! (Da un apretón de 
manos al cura y sus compañeros que lo despiden con gran afec- 
tuosidad). ¡Salud, señores, a todos en general!... 

Varias Voces. — (De distintas mesas). ¡Chao! . . . ¡Buen viaje! 
¡Felicidad! . . . ¡Pronto regreso! . . . (Próspero retribuye alegre- 
mente las demostraciones. Al llegar a la puerta se encuentra con 
Cantalicio). 

Próspero. — Viejo. . . Ya me iba sin despedirme. . . 

Cantalicio. — No lo jurés porque te lo creo ... Pa qué te ibas a 
ocupar del pobre paisano. ¡Si al menos yo juese gringo! . . . 

Próspero. — ¡Bá! . . . ¡Bá! . . . ¡Bá! . . , ¡Déjese de macanas, vie- 
jo! .. . ¡Le ha dao fuerte con los gringos! . . . 

Cantalicio. — No he de tener razón cuando menos. ¡Cañe jo! . . . 

PRÓSPERO. — (Palmeándolo). Ya veremos, ya veremos quién la tenía 
más. . . (Pausa). Bien, ya es muy tarde. A ver, tata, un abrazo. . . 

CANTALICIO. — ¿Pero es que te vas de veras? . . . 

Próspero. — ¿Lo creyó broma? 

CANTALICIO. — ¿Y me dejás solo aura que no me queda ni la casa? . . . 

PRÓSPERO. — Qué más remedio. Venga ese abrazo . . . Hasta la vuel- 
ta. . . 

Cantalicio. — ¡No, no te abrazo! . . . Andate, no más. . . Andate. . . 
Andate . . . 

Cantalicio. — ¡Pobre muchacho! ¡No es malo! . . . Pero se me ha 
dao güelta. . . Se me ha dao güelta. (Al paisano). ¿No le parece, 
compadre? . . . 

Paisano. — ¡Así ai ser, no más, pues! . . . 

Cantalicio. — (Reaccionando). ¿No ha dao con el dotor, entuavía? . . . 



Paisano. — Estoy aguaitándolo . . . Dice que está ocupao . . , 

Cantalicio. — Ya lo veo. . . Trensao a la escoba. . . Si será desal- 
mao... Venga, compadre... Vamos a tomar una copa... (Se 
aproximan a las mesas en qti,e han estado los gringos ). ¡A ver, 
quién sirve aquí! . . . (Nilda se aproxima ). ¿Qué toma usted?. . . 

Paisano. — Yo lo mismo. . .* 

Nilda. — Ginebra con bitter. . . 

Cantalicio. — A mí también, bien cargada. ¡Ando con ganas de chu- 
par juerte! ... ¡De todas maneras! ... ¡Pa lo que sirvo, ya. . . 
tranca más o tranca menos! 

Paisano. — Eso no diga. ¿Pa quién sino pa los hombres se han 
hecho las disgracias? . . . 

CANTALICIO. — ¡Qué caray! ... Y la bebida también se ha hecho pa 
los varones . . . Serán los últimos copetines que chupe en este 
pueblo disgraciao . . . 

PAISANO. — Entonces ha determinao no más dirse . . . 

Cantalicio. — ¿Y qué quiere que me quede a hacer? . . . No he 
nacido pa tordo, amigo ... Pa andar viviendo en nido ajeno . . . 
Me acaban de quitar el mío ... Y ya lo ve, con el nido los 
pichones... ¡Ese muchacho, lo único que me quedaba en el 
mundo de familia, se me manda mudar como un ingrato! . . . 
(Nilda sirve. Cantalicio se bebe de un sorbo la ginebra). 

Paisano. — ¡Ya volverá! , . . Quién sabe si no le va bien! ... ¡Es 
travieso el mocito! . . . 

CANTALICIO. — Cualquier día lo veo más . . . Aura va pa la ciudad, 
se agringa del todo y si te he visto no me acuerdo. ¡Y si le va 
bien es capaz de avergonzarse del criollo viejo que le dio el ser! . . . 

Paisano. — ¡Pucha que los quiere bien usted a los gringos! ... ¡Se 
parece a mí en eso! . . . 

Cantalicio. — ¡De balde no más!, . . Mire, compadre. . . toda esa 
pampa de aquel lao del pueblo hasta cerca del Chañarito ha sido 
nuestra, de los González, de los Viejos González, cordobeses del 
tiempo e la independencia, amigo ... Y un día un pedazo, otro 
día otro se lo han ido agarrando esos naciones pa meter el arao . . . 
Una pena, amigazo; romper esos campos en que venía así, la 
gramilla. . . que era un gusto. . . (Bebe el nuevo vaso que Nilda 
le sirve, también de un sorbo). 

PAISANO. — No tome tan ligero, compadre. . . ¡Mire que es muy 
engañoso! . . . 

Cantalicio. — No le hace. . . Pues, sí, señor. . . Y el último pedazo 
de pampa que nos iba quedando me lo acaban de arrancar estos 
ladrones . . . ¡Ahora mesmito! . . . Vergüenza nos había e dar a 
todos los criollos ... ( Golpea fuerte la mesa). 

El Cura. — ¡No se altere, don Cantalicio! . . . ¡Un poco de orden, 
pues! . . . 

Cantalicio. — ¡Oh!... Hasta eso me quieren privar también... 
¿Sabe que está bonito? . . . ¿Es decir que porque soy hijo el páis 
tengo menos derechos que todos ustedes, que se pasan aquí el día 
gritando y cantando como si fuese fonda e’ vascos? . . . ¡Ei go lpiar 
lo que se me antoje, porque pa eso soy criollo! . . . ¿Me oyen?. . . 

El CURA. — Era una broma, don Cantalicio . . . Por ver lo que decía . . . 

Cantalicio. — Está güeno. Si es así no he dicho nada. (Irguiéndose 
de nuevo). Pero sepan todos... 

Paisano. — ¡Siéntese, compadre!... No vale la pena... 

Cantalicio. — Está güeno. (Sentándose). ¡Hum!... 

Paisano. — Entonces decía. . . 

Cantalicio. — Sirva otra ginebra. . . ¡Cargadita!. , . 

Paisano. — ¡No tome más! ... Le hará mal. . . 

Cantalicio. — Déjeme... 

Paisano. — (Distrayéndolo). ¿Entonces negoció no más el cam- 
pito? . . . 

CANTALICIO. — Me lo quitaron . . . ¿No le he dicho? . . . Yo le 
metí pleito al gringo. . . Y tenía derecho. . . Pero estos diablos 
con la plata pronto se arreglan con los jueces y fiscales y esa runfla 
de escribanos ... El asunto seguía, pero sin miras de acabar, y 
entonces transamos. He firmao ya. . . y estoy esperando al grin- 
go viejo que me debe entregar la, . . fortuna que me queda. . . 

Paisano'.' — ¿Y qué piensa hacer? . . . 


396 



Cantalicio. — ¿Yo? . . . Irme a Córdoba. . . ¡Bien lejos! . , , ¡Ande 
no vea naciones! ... ¡A levantar un rancho en el mismo corazón 
de la sierra, aunque no haiga más que zorros! ... ¡Al menos 
esos serán criollos puros! , . . (Pausa). ¿Me sirven, o no me 
sirven? . . . 

El Cura. — Escuche, don Cantalicio. ¿Conoce usted el undécimo 
mandamiento? 

CANTALICIO. — No conozco más que diez, salvo que usted haya in- 
ventao algún otro pa cobrar más caros los funerales. . . 

El Cura. — El undécimo, no embriagarse . . . 

Cantalicio. — Si usted no fuese cura, ya me oiría. . . Y perdone. . . 
(Después de vaciar la tercera copa). ( Dentro : ¡Porta vino bar- 
bera! . . . ) Diga, padre, ¿mamarse con vino barbera, no es pe- 
cado? . . . 

El Cura. — También . . . también . . . 

Cantalicio. — Entonces apunte pa el lao de los gringos . . . 

Nicola. — ¡Bon giorno! . . . 

Cantalicio. — Ahí está el gringo . . . No me deje solo, compadre . . . 
Que no me vaya a trampiar. . . 

VOCES. — (De la mesa de los colonos). ¡E viva Nicola..'. ¡E viva 
Nicola! . , . (Uno de ellos le ofrece un vaso de vino). 

Nicola. — Discúlpame. . . Tengo un asunto que arreglar. . . En se- 
guida vengo . . . ¿Cómo está, señor cura? . . . Me dispensa, don 
Cantalicio, si he demorado. . . Tenía que ir en casa de Testaseca, 
¿sabe? a sacar la plata, y como estaban ocupados los patrones; me 
tuvieron esperando . . . 

CANTALICIO. — Está dispensao ... Y vaya largando sin muchos par- 
tes, porque estoy de priesa . . . 

NICOLA. — ¡Bueno! ¡Bueno! La cosa es bien fácil. . . Todo lo que 
teníamos de hablar ya está conversado... (Saca papeles y dinero 
del cinto). Vamos a ver. . . Tengo que darle. . . De darle. . . 
Espérese . . . Mil de una parte y trescientos cuarenta de la otra . . . 
Mil trescientos cuarenta. . . 

Cantalicio. — Me parece que está errao . . . 

Nicola. — ¡Cosa! . . . ¡Cosa! . . . 

Cantalicio. — (Alterado). ¡Sí, señor, está equivocado!... Son mil 
trescientos cuarenta y ocho pesos . . . 

NICOLA. — Dispense. . . Tenía razón. . . Lo que es justo es justo. . . 
Este número estaba mal hecho y cualquiera se equivoca. . . Yo 
tampoco ando muy bien de escritura. 

CANTALICIO. — (Aparte). Pero no te perdés en los números... 

NICOLA. — Muy bien. . . (Cuenta prolijamente el dinero ). ¡Aquí van 
mil pesos justitos! . . . Haga el favor de contarlo. . . 

Cantalicio. — (Al Paisano). Cuente, compadre. . . 

PAISANO. — (Contando). Seiscientos, ochocientos y mil. . . Ahí tiene. . . 

NICOLA. — Bueno, bueno. Y ahora por el resto le voy a dar este 
pagarecito . . . 

Cantalicio. — ¿Qué es eso? . . . Usted no me va a dar pagareses. . . 
Yo no quiero papeles... El trato es trato... ¡Usted me tiene 
que entregar platita! . . . 

NICOLA. — Pero, escuche, don Cantalicio. . . Sucede que yo tengo mi 
plata da Testaseca, y. Testaseca no tenía hoy moneda disponible. . . 

CANTALICIO. — ¡Habíamos de salir con ésas! ... Vea, o me paga 
todo en dinero o se queda usted con todo... ¡Qué embromar 
también! . . . 

NiCOLA. — Pero, escuche, don Cantalicio ... Si mi firma es como 
un Banco . . . Usted lleva este papelito a cualquier parte y se lo 
pagan . . . 

CANTALICIO. — ¿Un Banco? . . . Quién sabe qué trampa me quieren 
hacer. . . No, señor. . . El trato es trato. . . Venga la plata. . . 

NlCOLA. — Dispense, pero tramposo no soy, y no me lo diga, porque 
no me gustan esas cosas . . . 

Cantalicio. — ¡La platita! ... ¡La platita! . ... 

Nlcola. — ¡Bueno! . . . ¡Bueno! . . . ¡Qué caramba! . . . Ahí tiene la 
platita, y si no le gusta así. . . haga lo que se le antoje. . . No 
digo más nada. . . (Hace ademán de retirarse). 

Cantalicio. — ¡Ché!... ¿Ande vas, gringo del diablo?... (Tiro- 
neándolo). Sujetá el pingo. . . ¡Aflojá los pesos! . . . 


397 



Nicola. — Mire, don Cantalicio . . . No me busque cuestiones que 
no me meto con nadie. . . Usted está medio tomado, y. . . 

CANTALICIO. — i Tu madre! ... ( Quiere echarse sobre Nicola y lo 
detiene el Paisano. Los parroquianos que han estado a la expec- 
tativa, acuden, con excepción de los colonos, que se limitan a 
pararse en los asientos). Lárgueme, que lo mato a ése. . . (Nicola, 
muy calmoso , se recuesta a una mesa de f rente al público, carga 
su pipa y juma). 

El Cura. — Vamos, don Cantalicio . . . Cálmese . . . No haga locu- 
ras. . . ¡No tiene razón! . . . 

Cantalicio. — ¡Madre mía! . . . ¡Que no tengo razón! . . . ¿Pero no 
han visto a ése que tras querer embrollarme, me insulta? , . . ¿No 
lo han visto? . . . 

NICOLA. — Yo no embrollo a nadie... Soy una persona honrada y 
trabajadora. 

Cantalicio. — Sos honrao porque todos te protegen . . . Todos . . . 
Todos . . . Hasta el cura que te da la razón . . . Yo soy un pillo . . . 
No tengo plata, ni chacra, y he nacido en este páis . . . Sos muy 
honrao y, sin embargo, me querías estafar los poquitos ríales que 
me dejaste . . . 

El CURA. — Cantalicio. . . Eso no es cierto. . . Tranquilícese. Repose 
un poco y venga conmigo. Yo le voy a descontar el vale. (Lo 
sienta). 

Cantalicio. — No, señor. Me lo ha de pagar él . . . Me lo ha de 
pagar, y me lo ha de pagar ... Y sálganse todos de aquí . . . 
Déjenme. . . Vayan a cuidarlo a él. . . Que le hace más falta. . . 
¡Déjenme, déjenme! ¡Solito! . . . Yo no preciso de nadie... Ya 
no tengo amigos, ni casa, ni hijos ... Ni patria . . . Soy un apes- 
tao. . . Nadie me quiere. . . ¡Salgan! . . . ¡Yo me voy a morir! . . . 
Estoy muy triste. . . ¡Salgan! . . . Sin casa. . . Sin hijos. . . Sin 
amigos. . . Soy un pobre criollo. . . Un pobre criollo. . . (Oculta 
la cara entre los brazos llorando convulsivamente. El cura, con el 
gesto, pide compasión para él, y alia en el fondo, los colonos 
cantan de nuevo el aire nativo, mientras desciende lentamente el 
telón). 

TELÓN 


ACTO TERCERO 

La chacra de Cantalicio 

En la nueva granja de Nicola. Dos años después. Ocupando toda la 
mitad derecha de la escena un edificio en construcción con las 
paredes que se alzan apenas medio metro del suelo; lo suficiente 
para sostener los marcos que deben estar ya colocados. Varios 
albañiles trabajan colocando ladrillos. Cayendo hacia el centro mis- 
mo un viejo ombú a medio desgajar que extiende su rama más 
gruesa hacia el lado de la obra. En el suelo las ramas reciente- 
mente cortadas. Perspectiva alegre, verde de alfalfar. Pleno sol. 

PEÓN l 9 — ¿Y diai? . . . ¡Qué más remedio! . . . 

Peón 2 9 — ¿Le metemos a ésta no más?... (Señalando la rama 
gruesa ). 

Peón l 9 — ¿Y diai? . . . ¡Qué más remedio! . . . 

PEÓN 2 9 — ¿Animal viejo ai ser, no? . . . Fíjate qué ráices . . . 

PEÓN l 9 — Pa mí que ha nacido en el tiempo de los españoles. 

Peón 2 9 • — ¡Qué! . . . ¡Mucho antes! . . . ¡Pero mucho! . . . Debe set 
del tiempo e los ingleses. . . 

Peón l 9 — ¡Siás bárbaro! ... Si los ingleses no han venido nunca 
a este país . . . Ricién están llegando . . . 

PEÓN 2 9 — ¿Qué sabés vos? . . . Mirá: a la República Argentina vi- 
nieron: primero los indios... los matacos; dispués los ingleses, 
dispués los gallegos y dispués ... el general San Martín, Belgra- 
no y todos esos otros . . . 

Un Albañil. — (Burlón). — ¡Pcha! ... ¡Si me parece estar en la 
escuela! . . . Diga, maestro . . . 


398 


Peón 2 9 — Has de ser muy inteligente vos . . . Como ese ladrillo que 
están golpiando . . . 

Un Albañil. — Si vos me hubieses enseñado pué que sí, no más . . . 

PEÓN 2 9 — jAndá! . . . ¡Andá! . . . ¡Trabaja! . . . ¡Zonzo! . . . ¡Que 
si te ve tu patrón! , . . 

Un Albañil. — Más fácil es que te agarre el tuyo haciendo sebo . . . 
Y mira, ni que hubiese adivinao. . . Ahí llega en el breque. . . 

PEÓN 2 9 — ¡Cierto! . . , ¡Metele, che! . . . (Buscan acomodo para 
aserrar mejor). 

Peón l 9 — De veras que me da pena cortarlo. . . 

Peón 2 9 — ¿Por el ombú. . . o por el trabajo? . . . 

Peón l 9 — ¿Eh?... Por las dos cosas... Vamos. (Comienzan a 
aserrar. Pausa . Debe sentirse un instante el ruido de la sierra y 
los golpes de cuchara de los albañiles). 

Don Nicola, Victoria, Horacio. Con indumentarias livianas de verano. 

Notable progreso en el vestir de los dos primeros, especialmente Vic- 
toria. Horacio elegante y desenvuelto. 

HORACIO. — Le digo, viejo, que está equivocado. . . Cuanto más en 
la altura se coloque el depósito del surtidor, . . menor tiene que 
ser su elevación . . . 

NlCOLA. — Ma, ¿por qué hay que hacerlo más alto? . . . Eso es lo 
que yo no te comprendo . . . 

HORACIO. — La teoría física de los vasos comunicantes . . . 

NlCOLA. — ¡Qué comunicante! . . . Dejate de sonceras. . . que yo no 
soy ningún sabio . . . Decí las cosas claras . . . 

HORACIO. — (Riendo). Bueno, bueno, bueno, viejo... Confieso la 
plancha. . .Y no discutamos más. Ahora verá cómo el constructor 
me da la razón. . . Veamos cómo anda la obra. . . Vos no habías 
venido nunca, Victoria. . . 

Victoria. — ¡No; nunca! . . . 

HORACIO. — ¡Sos poco curiosa! . . . Mirá, de esta parte en la esquina 
misma, y bien arriba va a quedar un pabelloncito lindísimo. Te 
lo ofrezco. . . 

VICTORIA. — Para mí es lo mismo. Yo estoy bien en cualquier sitio. . . 
y no entiendo mucho de comodidades . . . 

HORACIO. — ¿De modo que nada te llama la atención? . . . ¿Desen- 
cantada de la vida? ... ¿A esta edad? . . . 

Victoria. — ¡Yo ... no sé! 

Horacio. — ¡Pobrecita! ... ¿Y no has pensado en el suicidio? Espé- 
rate. . . ¡Con fósforos es más romántico! . , . 

Victoria. — ( Con fastidio ). ¡Oh... ¡Salí!... 

HORACIO. — (Riendo). Me olvidaba, . , ¡Ahora son sin veneno!... 
¿Y el viejo? ... ¿A que se ha ido este porfiado? . . . ¡Tata! . . . 

NlCOLA. — (Reapareciendo). Te digo que yo tengo razón. He visto 
el terreno con estos ojos . . . 

Horacio. — Bueno. . . Ya lo dirá el constructor. . . Vamos a verlo. . . 

NlCOLA. — Vos tendrás mucho estudio . . . Pero yo tengo la práctica . . . 

HORACIO. — (A un albañil). ¿El constructor?. . . 

Albañil. — Se fue a la cremería en el automóvil, pero ahora no 
más vuelve. 

HORACIO. — Entre tanto podríamos ir a ver el surgente . . . ¿Le pa- 
rece, viejo? . . . 

NlCOLA. — Sí, pero espera un poco. . . (A los peones). ¿Y desde 
ayer que trabajan no han podido voltear más que esos gajitos? . . . 
Parece que andan haraganeando mucho . . . ¿eh? . . . 

Peón 2 9 — SÍ es muy fuerte este árbol. . . ¿Se cree que así no más 
se voltea un ombú? . . . 

NlCOLA. — ¡Hacha! . . . Hacha y buenos brazos se precisa. . . Y verán 
cómo cae pronto . . . 

Peón 2 9 — Es que no dentra el hacha, pues. ¡Rebota como si fuese 
goma! . . . 

NlCOLA. — ¡Caramba! ... ¿Y para qué tienen ese serrucho en las 
manos? . . . Bueno, bueno. . . ¿eh? ... A ver si acaban pronto. . . 
Vamos. 

HORACIO. — ¿Cómo no? Vamos, Victoria. 

Victoria. — No . . . es muy lejos ... No tengo ganas de caminar 
tanto . . . 

Horacio. — ¿Y qué vas a hacer? . . . 


399 



Victoria. — Nada . . . Volverme al coche . . . 

Horacio. — Facha il suo cómodo . . . Señorita romántica. ( Viendo 
que Victoria se vuelve fastidiada). ¡Ah, no! . . . ¡Enojos no per- 
mito, hijita! . . . (La besa). Hasta luego... (Mutis de Nicola y 
Horacio por la derecha. Victoria se aleja lentamente por el lado 
opuesto). 

PEÓN l 9 — Adiós niña. . . ¿Ya no se acuerda de los viejos amigos?. . . 

PEÓN 2 9 — ¿Quién la ve, no? . . . Y las veces que hemos arao en la 
misma melga. . . 

Peón l 9 — ¡Ahora es señorita, che! ... ¡Ja. . . ja! . , . 

PEÓN 2 9 — Me gustaría que golviese Próspero, el hijo e don Canta- 
ücio . . . pa ver si lo trataba con tanto disprecio . . . 

Albañil. — Murmuren no más . . . Murmuren . . . Eso ha de ser en 
pago del café que les ha dao el viejo Nicola. . . 

PEÓN 2 9 — ¡Caliste, ladiao! . . . 

Cantalicio. — ¿Quién habla de don Cantalicio. púa cá? . . . 

PEÓN 2 9 — ( Regocijado ■). Salú, don Cantalicio... ¡Anima bendi- 
ta!... Ya lo creíbamos muerto. . . 

CANTALICIO. — Ya ve que no, amigo. . . ¡Cosa mala!. . . Che, ¿an- 
dan los gringos cerca? . . . 

Peón 2 9 — Están en el bajo .... ¿Y qué vientos lo traen por estos 
pagos? . . . ¿Ande estuvo? . . . 

Cantalicio. — Lejos . . . Por la provincia de Córdoba . . . 

Peón 2 9 — ¿Haciendo? . . . 

CANTALICIO. — De todo. . . ¿Qué más remedio?. . . Precisé llegar a 
viejo pa tener que deslomarme trabajando. . . Y gracias que entua- 
vía servía pa algo... ¿A qué no sabés en que me ocupo?... 

Peón 2 9 — No, señor. . . 

CANTALICIO. — En venderles animales a los gringos . . . Fijate qué 
suerte. . . Yo que en mis tiempos sabía tropiar ganaos ariscos de 
la sierra, pa mi campo, pa este mesmo campo. . . me veo con- 
denao ahora a acarrearles güeyes a los colonos . . . 

PEÓN 2 9 — ¡Lo que son las cosas, hombre! . . . 

CANTALICIO. — Ayer no más le traje a un chacarero del Chañarito, 
unos sesenta animales , . . Después como quedaba tan cerca del 
pago viejo le dije a Cantalicio: Che, andate a mirar cómo marcha 
aquello. . . Yo no quería pasar por este camino, pa no acordarme, 
¿sabés? pero la querencia me empezó a cuartear pa este lao y 
cuando quise acordar . . . estaba aquí . . . 

Peón 2 9 — ¡Mire, mire! 

Cantalicio. — De lejos ya vide todas las judiadas que me habían 
hecho los gringos con esto... ( Mirando en derredor ). Vean... 
Vean. . . De la casa ni qué hablar. . . parece que le van a edifi- 
car encima un pueblo entero. . . Ni el horno. . . ni la noria. . , 
ni el palenque. . . ¡Cosa bárbara! Desalmaos. . . ¿Y aquello?. . . 
Eso sí que no les perdonaré nunca. . . ¡Talarme los duraznitos! . . . 
Los habían plantao Elisa ... la finad ita mi hija . . . y todos los 
años daba unas pavías así. . . ¡Dañinos! ... Lo único, lo único. . . 
de lo mío que entuavía puedo ver es ese ombú. . . ¡Pero che!. . . 
¿Y por qué lo están podando así? . . . 

Peón 2 9 — ¿Podar?... Al suelo va ir también... Eso estamos 
haciendo. . . ¡Voltearlo! . . . 

Cantalicio. — Eso sí que no. . . ¿El ombú? ... En la perra vida. . . 
Todo han podido echar abajo porque eran dueños . . . pero el 
ombú no es de ellos. Es del campo. , . ¡Cañe jo! . . . 

PEÓN 2 9 — Yo creo lo mismo. Pero los patrones dicen que el pobre 
árbol viejo les va a dañar la casa. . . (Aparece Victoria y se de- 
tiene a escuchar). 

Cantalicio. — ¿Y por qué no edifican más allá? . . . ¡Bonita ra- 
zón! . . . Los ombúes son como los arroyos o como los cerros . . « 
Nunca he visto que se tape un río pa ponerle una casa encima . . . 
ni que se voltee una montaña pa hacer un potrero... ¡Asesi- 
nos! . . . ¡No tienen alma! ... Si tuvieran algo adentro les dolería 
destruir un árbol tan lindo, tan bueno, tan mansito... Cómo se 
conoce, ¡canejo!, que no lo han visto criar, ni lo tienen en la 
tierra de ellos . . . 

Peón 2 9 — ¡Vaya usted a hacerles entender esas razones! . . . 

Cantalicio. — Y qué van a comprender ellos ... si ustedes mismos, 
¡parece mentira! . . ., criollos como son, se prestan a la herejía. . . 



Peón 2* — ¡Oh! ... ¡Si nos mandan! . . . 

Cantalicio. — No se hace . . . Salgan de ahí . . . desgraciaos . . . todos 
se han vendido . . . ¡Todos se están volviendo gringos ... to- 
dos! ... ¡Pa qué habré venido, canejo! ... ¡A ver tanta pena! . . . 
(Al volverse se encuentra con Victoria y bruscamente): Buen día. . . 
¿Venís a mirar las lindas cosas que están haciendo, no? . . . (In- 
tenta irse). 

Victoria. — No se vaya, don Cantalicio. . . Oiga. , . Escúcheme. . . 
Tengo que decirle algo. . . Venga. (Lo aparta y se queda un mo- 
mento indecisa). 

Cantalicio. — ¡Hablá de una vez, pues! 

Victoria. - — Este. . . ¿Usted sabe algo de Próspero?. . . 

Cantalicio. — No sé, ni necesito saber. . . ¿Pa eso no más me lla- 
mabas? 

Victoria. — Es que... Próspero está ansioso por tener noticias de 
usted . . . 

Cantalicio. — ¿Y vos cómo sabés eso? . . . 

VICTORIA. - — (Confundida). Por ahí. . . la gente lo dice. 

Cantalicio. — No ha é ser cierto ... ¡No se acuerda más ya! . . . 

Victoria. — Sí que se acuerda... 

Cantalicio. — ¡No! ¡No! ¡No! . . . ¡Mentira! . . . (Intenta irse). 

VICTORIA. — (Deteniéndolo). Si me lo ha dicho a mí muchas veces. . . 

Cantalicio. - — ¿Dónde? 

VICTORIA. — En el Rosario... En esta temporada que pasamos allí 
hace dos meses , . . Nos veíamos muy seguido ... y me hablaba 
del viejo, que lo quería mucho . . . que deseaba tanto verlo . . . 
y. . . vea: ayer me escribió y en la carta me preguntaba dos o 
tres veces por usted . . . 

CANTALICIO. — ¿Cómo es eso? . . . ¿Cartitas? . . . 

VICTORIA. — (Pegázidose en la boca). ¡Qué zonza!... ¡Se me es- 
capó! . . . 

Cantalicio. — (Muy suavizado). Con que ésas teníamos, señorita. . . 
¿eh? ... 

Victoria. — Sí, pero. . . ¡Nadie lo sabe todavía! . . . 

Cantalicio. — ¿Y qué es de la vida de ese bandido? . . . 

Victoria. — Está muy bien. . . acreditadísimo con Mister Daples. . . 
¡Ay! . . . Creo que llega tata. . . 

Cantalicio. — Yo me mando mudar. . . (Al volverse se encuentra 
de manos a boca con don Nicola). 

NlCOLA. — - (Un poco sorprendido). Cosa... Cosa... ¡Ah! ¿Es usted 
don Cantalicio? . . . ¿Cómo dice que le va? . . . ¿Qué anda ha- 
ciendo por estos pagos? ... Ha venido a ver su antigua casa . . . 
¿eh? . . . Estará un poco cambiada, ¿no?, pero todavía va a que- 
dar mejor ... ( Cantalicio que se ha quedado mudo, hace jugar 
el rebenque entre las manos). Ahora lo que edifique este otro 
ranchito de dos pisos ... y venga el jardín y la quinta de fruta- 
les. , . y la lechería allá bajo. . . (Sacude la ceniza de la pipa y 
vuelve a colgársela de los dientes). Va a quedar mejor. . . bastante 
mejor. . . Pero ya se va notando el cambio. . . ¡Ah! ¡Y mire qué 
pichón de alfalfar! ... Y todo lo está haciendo mi hijo el mayor, 
que ha estudiado en Buenos Aires de ingeniero. . . ¿Dónde anda 
Horacio? . . . ¡Che Horacio! 

Horacio. — ¿Qué hay, viejo?... (Saludando cortésmente a Canta- 
licio). ¡Buen día, señor!... 

NlCOLA. — Aquí te presento a don Cantalicio, el que era dueño de 
este terrenito. . . Mi hijo Horacio. . . 

Horacio. — (Dándole la mano). Muchísimo gusto, señor. . . 

Cantalicio. — (Muy seco). Igualmente. 

Horacio. — Yo debo haberlo conocido cuando era muchacho, pero 
francamente no recuerdo . . . 

Cantalicio. — Así ha de ser. . . 

Horacio. — Acércate, Victoria. . . A ella la conocería, ¿verdad? Se 
conocían ustedes . . . 

Cantalicio. — La he saludado ya. . . 

Victoria. — Somos viejos amigos... 

Horacio. — ¡Pero qué cabeza, la mía! ... Si mal no recuerdo, usted 
tiene un hijo en el Rosario . , . 

Cantalicio. — Sí, señor: Próspero. . . 


= 401 


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HORACIO. — Lo conozco. . . Lindo muchacho. . . Nos hicimos ami- 
gos últimamente, cuando fui a contratar la trilla con Mister Da- 
ples . . . 

Victoria. — Dale noticias de él, porque creo que el señor hace 
tiempo que no lo ve.„. . 

Horacio. — Está muy bien. Es el hombre confianza de Daples . . . 
Tiene trilladoras a su cargo . . . Precisamente, le propuse que vi- 
niese a hacer nuestro trabajo . . . 

CANTALICIO. — ¿Cree que vendrá? . . . 

Horacio. — No sé. . . Pensaba salir con una máquina rumbo a 
Arias . . . No sería difícil . . . (Pausa). Usted hace mucho que no 
cae por estos pagos. ¿Le habrá extrañado esta transformación? . . . 

Cantalicio. — ¡Ya he visto, señor! . . . ¡Ya he visto! . , . 

HORACIO. — Con un poquito de pena, ¿no es cierto? . . . 

Cantalicio. — ¿Por qué? ¡Ustedes son muy dueños! 

Horacio. — Acompáñenos un rato ... Le enseñaré algunas cosas. 

Cantalicio. — No puedo . . . Tengo que dir lejos . . . 

VICTORIA. — ¡Qué se ha de ir con este sol! ... Lo invitamos a almor- 
zar en casa . . . 

Horacio. — ¡Excelente idea! . . . (Muy familiarmente). Venga, amigo 
viejo. . . Verá qué lindo le vamos dejando su campito. . . Vamos, 
vamos, pues ... y no tenga pena . . . que esto es para bien de 
todos . . . 

Cantalicio. — Vea mocito, que no hemos dormido juntos pa que 
se tome tanta confianza. . . Ya le he dicho que tengo que dirme. 

Horacio. — Bueno, señor. . . Disculpe. . . Usted es muy dueño. Pero 
le aseguro que no he tenido el ánimo de ofenderlo . . . 

CANTALICIO. — (Mirando al campo). Güeno... Adiosito. . . (Se va 
casi corriendo). 

Horacio. — (Que lo ha seguido con la mirada). ¡Rico tipo!. . , ¿Lo 
has visto? . . . 

Victoria. — ¡Pobre hombre! . . . 

Horacio. — No lo hemos tratado mal, sin embargo . . . 

PEÓN 2 9 — ¡Va como luz derecho al caballo! . . . 

Victoria. — ¿Te parece poca mortificación la de ver desaparecer 
tanta cosa querida? . . . 

Horacio. — Estoy seguro que el hijo no piensa de igual manera . . . 
(Viendo a los peones que han d,ejado de aserrar). ¡Oh! . . . ¡Oh! . . . 
¿Y ustedes por qué no siguen trabajando? . . . 

PEÓN 2 9 — ¡Este! . . . Nos pareció oír que decían que. . . se iba a 
dejar así no más el ombú. , . 

Horacio. — ¿Quién ha dado semejante orden? . . . 

Peón l 9 — Nosotros no sabemos... pero... creíamos no más... 

HORACIO. — Las pocas ganas que tienen de trabajar les hace ver vi- 
siones... ¡Adelante! ¡Adelante! 

Victoria. — ¡Gime, Horacio! . . . Vos decías hace un rato que me 
hallabas triste . . . ¿Querés que te diga la causa? . . . 

Horacio. — ¡A ver! ¡A ver!... Confidencias tenemos... ¿Quién 
es el favorecido? . . . ¿El novio? . . . 

VICTORIA. — No tengo ningún novio. . . 

Horacio. — Es una lástima, m’hijita. . . 

Victoria. — Estaba así. . . afectada. . . por el ombú. . . 

Horacio. — (Risueño). ¿Cómo? ¿Cómo?. . . 

Victoria. — Me dio pena ver que lo echaban abajo . . . Un árbol 
tan viejo. . . 

Horacio. — ¡No oigo! . . . ¡Un caso perdido de romanticismo! . . . 

Victoria. — (Fastidiada). ¡Oh! . . . 

Peón 2 9 — Ahí debe venir el automóvil del constructor. Veo una 
polvareda bárbara en el alto grande . . . 

Horacio. — Afligirse porque se destruye una cosa inútil. . . ¿Viene, 
che? . . . 

Victoria. — ¡Inútil no! . . . 

Horacio. — Y fea y perniciosa. . . ¿Te imaginás un parque a la in- 
glesa, frente a un chalet, con semejante adefesio en medio? . . . 
Además obstruye la vista del edificio ... y es sucio, hijit^, muy 
sucio, lo inunda todo con esas flores que parecen gusanos ... Se 
podría conservar por respeto a la tradición y quizás prestara 
algún servicio. . . si estuviese en mitad del campo. . . pero aquí 
no, ¡de ninguna manera! . . . 

402 — — - — — - — 



VICTORIA. — Tendrás razón. . . Sin embargo, es un capricho mío. . . 
y me darías un inmenso gusto si lo hicieras dejar. 

Horacio. — ( Viendo a N ico la). ¿A qué no sabe tata, lo que me pide 
Victoria? . . . ¡Qué dejemos el ombú! . . . 

NlCOLA. — Esa porquería... Un árbol criollo que no sirve ni pa 
que le hagan versitos de Juan Moreira. . . Ya debía estar en el 
suelo . . . 

Horacio. — (A Victoria) ¿Has visto? . . . 

Victoria. — ¡Malo! . . . ¡Me las vas a pagar! . . . 

PEÓN 2 9 — ¿Y? ... ¿Se corta o no se corta? . . . 

Nicola. — Métanle serrucho y déjense de zoncerías. . . Caramba. . . 

E don Cantalicio. . . ¿se ha ido?. . . Parece que está más mansito, 
ahora. . . Tenía un poco de mal genio antes. Era medio pelea- 
dor. . . (Se sienten los ruidos de un automóvil que detiene su 
marcha). 

Horacio. — No crea, viejo. Se fue empacao. . . 

Nicola. — Es una lástima. . . El hijo no era malo. Ma se metió a 
enamorársela a ésta. . . y tuve que echarlo de casa. . . 

HORACIO. — - (Jovial). ¡Ah! . . . ¡Ah! . . . ¡Ya comprendo! . . . Conque 
el ombú, ¿no?... ¡Te ajustaré las cuentas, picarona!... (Suena 
más intensamente el motor). 

Peón 2 9 — Ahí está la máquina. . . 

PEÓN l 9 — ¿Qué trae, che? ¿Qué pasa? . . . 

HORACIO. — Ahora veremos quién tenía razón, viejo. ¿Cuánto juga- 
rías vos, Victoria, a mis manos? 

Victoria. — ¡Yo qué entiendo de eso! . . . 

NlCOLA. — Jugale la herencia a las mías y vas a ver cómo la práctica 
gana. . . Se han creído que porque han estado en la Universidad 
van a saber más que un viejo que se pasó la vida sobre la tierra 
y el arao. . . 

CONSTRUCTOR. — ( Apresurado ). ¡Hagan el favor! . . . ¡Don Nicola! . . . 
¡Horacio! . . . ¡Vengan un momento! . . . 

Voces. — ¿Qué pasa? . . . ¿Qué ocurre? . . . 

Constructor. — ¡Traigo un herido! . . . ¡Un paisano viejo! . . . 

VICTORIA. — (Muy alarmada). ¿Cómo?... ¿Quién?... 

Constructor. - — - ¡No sé! . . . ¡Vengan, señores, un momento! . . . 
(Victoria corre adelante). 

HORACIO. — (Deteniéndola). ¡Quédate, vos! . . . ¡Nada tenés que ver! . . . 

Victoria. — ¡Oh! . . . ¡Yo voy! . . ♦ (Vanse Victoria, Horacio, Nicola 
y el Constructor). 

PEÓN 2 9 — (Observando como los demás trabajadores). ¡Che! Fijate. . . 
¡Si parece don Cantalicio! . . . 

Peón l 9 — ¡Sí; es el mismo! . . . 

Albañil. — No ha de venir muy mal herido cuando corcovea tanto . . . 

Peón l 9 — ¿Qué le habrá pasao? 

Peón 2 9 — Dejuro que tu patrón lo ha llevao por delante con el apa- 
rato. . . Son piores que el fierro carril esas máquinas. (Pausa). 

PEÓN l 9 — ¡Mirá. . . che! ... Se apea solo. . . (Pausa). 

Peón 2 9 — ¡Oh!... Y porque esos gringos lo quedrán atajar... 
(Pausa). 

Albañil. — Y porfía pa venirse . . . (Pausa), 

PEÓN l 9 — Ahí le sacan el poncho... (Pausa). 

Peón 2 9 — ¡De juramente! . . . ¡Un cristiano no camina así! . . . 

Peón l 9 — ¡Caray! . . . ¿Qué le habrá pasao? 

Albañil. — Lo que sea. . . Pero métanle, muchachos, al trabajo si 
no quieren llevarse un café. . . A nosotros. . . ¿qué nos importa? 
(Actividad afectada de los peones). 

Cantalicio. — (Desde afuera aún). ¿Por qué no me han dejao? . . . 
(Rumor de voces). 

Peón 2 9 — ¡Mírenlo! . . . ¡Pobre hombre, cómo viene! . . . 

CANTALICIO. — (Apareciendo sin poncho, tambaleante, sostenido por 
Victoria y con el brazo derecho ensangrentado). ¿No están con- 
formes con haberme molestao en vida? . . . Déjenme morir en 
paz ... Y ande se me antoje . . . 

VICTORIA. — ¿Por qué es tan caprichoso? . . . ¡Aquí no tenemos nada 
para curarlo! . . . ¡Venga a casa! . . . 

Cantalicio. " — ¡No preciso que me curen! . . . ¡Me viá morir! . . . 
¡Se acabó!... ¡El criollo viejo ya no los incomodará más!... 
¡Nunca más! . . . 


403 



NlCOLA. — Atienda, don Cantalicio ... La muchacha tiene razón. 
Nosotros no queremos dejar que un criollo se muera como un 
perro. 

VICTORIA. — * (Alterada). ¡ Cállese, tata! . . . ¡Déjelo en paz! . . . 

Cantalicio. — Dejalo. . . dejalo. . . muchacha. . . Puede decir lo 
que quiera. . . ¡Es dueño del campo!. . . ¡Está en su casa! (Que- 
jándose). No puedo más... Lleváme, m’hijita... Sos la única 
gringa buena , . . allí ... al ombú ... Si lo voltean antes que me 
muera, dejen no más que me caiga encima. . . (Victoria lo conduce 
lentamente hacia el ombú). 

Horacio. — (Al constructor). ¿Y cómo fue eso?... 

Constructor. — Iba a todo galope y al pasar junto a la máquina 
el caballo dio una espantada y lo arrojó lejos ... Le recogimos 
desmayado. Cuando volvió en sí . . . 

Horacio. — ¿Por qué no lo llevó a la chacra, amigo? 

Constructor. — Si se quería tirar del automóvil al pasar por acá. . . 
Por eso me detuve. . . 

Horacio. — ¡Qué desgracia! . . . Pero no ha de ser grave, ¿verdad? . . . 

Constructor. — Cuando menos algo roto. Dio contra un poste. 

CANTALICIO. — (Acomodándose entre las raíces del ombú). ¡Dejame 
aquí no más, m’hijita! . . . Entre estas ráices que parecen brazos. 
Era destino de Dios que había de morir en mi mesma tapera . . . 

Ni COL A. — ¡Caramba, don Cantalicio! . . . ¡Usted hace mal en ser tan 
porfiado! . . . 

Cantalicio. — (Irguiéndose). Retir áte. . . ¡Gringo! . . . 

TELÓN 


ACTO CUARTO 

La chacra reformada de don Nicola 

La chacra primitiva de Nicola. El rancho ha sido sustituido por una 
construcción de material revocada y pintada — con un alero — 
sillas y sillones de paja bajo el alero. El viejo edificio se conserva 
igual, sin el palomar. En el sitio del primitivo pozo un molino 
a viento y en el patio un jardín reciente con un canterito en el 
centro. Donde estaba el abrevadero, más al fondo, parvas de trigo 
recién cortado en formación. Dos peones trabajan alzando horqui- 
lladas de paja. Muy temprano de la mañana. 

NICOLA. — (Saliendo con varias bolsitas de trigo). ¡Aquí tiene las 
muestras! ... El grano es parejito, como le decía. . . Yo no quiero 
engañarlo . . . No miento nunca . . . 

Acopiador. — (Observa ligeramente el trigo). Las conozco... Las 
conozco ... El único trigo mezclado y sucio es el de la chacra de 
Rodini . . . 

Nicola. — No me diga . . . Ese es un abandonado . . . No le tengo 
ya más de medianero . . . Han venido unos parientes míos, ¿sa- 
be? ... y les voy a dar ese pedazo de tierra para que empiecen 
a trabajar. . . Son gente pobre, ¿me entiende? . . . 

Acopiador. — Bien; por las instrucciones que tengo podría ofrecerle 
cinco treinta y cinco. . . 

Nicola. — ¿Cosa? . . . ¿Cosa? . . . ¿Ma usted sabe lo que dice? ¿Se 
piensa que está tratando con gente que no entiende el oficio? . . . 
Aquí tiene La Capital, del Rosario, de ayer. . . Lea un poco. 
Vea esos precios... 

Acopiador. — Usted sabe bien que ese diario es alcista . . . 

NlCOLA. — ¿Alcista? . . . Alcista porque nos abre los ojos a los grin- 
gos ... Y después de todo ya sabe que yo hago negocio con 
Soberan y si usted viene a proponerme que deje esa casa ha de 
ser mejorando los precios... ¿Cómo quiere que yo me cambie 
de cliente sin ganar nada? . . . 

Acopiador. — Bueno, señor; deme las muestras y trataré de mejorar 
precio ... si nos conviene . . . 



NlCOLA. — Como le parezca . . . Que le vaya bien . . , 

Horacio. — ¿Qué decía ése? . . . 

NlCOLA. — Figúrate qué zonzería. . . Ofrece cinco treinta y cinco. . . 
Se ha pensado que nosotros nos chupamos el dedo de la mano. 

HORACIO. — Si me lo larga a mí, pronto lo arreglo . . . 

NlCOLA. — ¡Oh! . . . ¡Yo también lo mandé bien arreglado! 

HORACIO. — ¿Y la trilladora empezó? 

NlCOLA. — La máquina ha llegado ya . . . Pero no puede comenzar 
todavía porque le falta el encargado . . . , que dice que se quedó 
con el birloche en la chacra de Baranda ... Se espera que venga . . . 

Horacio. — ¿Me ataron el tílburi? 

NlCOLA. — Sí; creo que sí. Pero no te vayas a ir, que tengo que 
decirte una cosa. . . Vos sabés muy bien que el constructor se 
anda enamorando de Victoria. . . La muchacha ya es grande y 
tiene que casarse . . . Anoche el mozo me habló de la cosa . . . 
y yo le contesté que iba a pensar el negocio. . . 

HORACIO. — ¿Sabe usted si Victoria le lleva el apunte?. . , 

NlCOLA. — ¡Qué voy a saber yo! . . . Me he fijao, sí. . y me parece 
que la muchacha le dispara. . . nunca andan juntos. 

Horacio. — ¡Si es así, ni qué hablar! . . . Ese asunto no lo resuelve 
nadie mejor que ella misma . . . Consúltela usted . . . 

NlCOLA. — ; Ah! . . . ;Xc! ... A mi me da. . . me ¿i vergüenza 
hablar ce esas cesas con la hija. . . 

Horacio. — ; Vergüenza! . . . ;Que rica cesa! . . . Entonces se lo pre- 
guntaré luego c mañana. . . 

Nicola. — ¡Qué esperanza! ... El otro me ha demandado la contes- 
tación para hoy antes de irse al Rosario ... El constructor es 
buena persona, ¿eh? 

HORACIO. — Se lo preguntaré en seguida. . . Pero le advierto que 
esas cosas no deben tratarse así . . . como un arrendamiento o 
como una venta . . . 

NlCOLA. — No digo eso. . . ma si la muchacha le gusta. . . ¡No hay 
para qué andar con tanto firulete! . . . 

Horacio. — ¿Dónde andará Victoria? 

María. — (Saliendo con una bolsa de galleta en la mano), ¿Victo- 
ria? . . . Debe andar con el viejo . . . con ese viejo . . . con ese 
viejo criollo . . . , curándole el brazo roto . . . No sé deveras para 
qué habrán traído en casa esa roba de gente... Luiggini... 
¡Oh! . . . ¡Luiggini! . . . Para trabajo no más. . , Son un mes y 
medio que lo estamos cuidando y gastando la plata con el médico 
y el boticario... ( Impaciente ). ¡Luiggini! . . . ¡Luiggi. . .iin! . . . 

LuiGGÍN. — ¿Qué hay? . . . 

María. — Cuando la madre lo llama se viene pronto, ¿sabe? . . . Aga- 
rrá esa bolsa de galleta y llévala a los piones del bajo ... Se podía 
haber quedado en su casa. . . e no venir a embromar a las fami- 
lias... Y esa Victoria que se pasa el día y la noche con el 
hombre como si fuera el propio padre. . . y no hace lo que tiene 
que hacer. . . y deja que una mujer vieja tenga que andarse inco- 
modando y cargando bolsas de galleta. . . (Le coloca la bolsa sobre 
las espaldas del chico, que se va agobiado por el peso. Aparece 
por la derecha Cantalicio con el brazo amputado). 

HORACIO. — Haga el favor, mamá, de no hablar así. . . ¡Parece que 
no tuviera sentimientos! . . . 

María. — Tengo sentimientos, tengo. . . Y no deseo mal de nadie. . . 
Pero es verdad lo que digo . . . Qué nos precisaba tener en casa, 
ahora que hay tanto trabajo con la trilla, a un hombre enfermo 
que no sirve más que para incomodar. . . Dejame hablar, te he 
dicho. Si queríamos protegerlo al povero diavolo lo hubiésemos 
mandado al pueblo, a la fonda ... Se pagaba lo que era . . . y se 
acabó. . . Sin embargo lo tenemos en casa y son dos trabajos. . . 
sobre todo porque la muchacha no hace nada por cuidarlo . . . 

Cantalicio. — ¡Don Horacio! (Sorpresa). Si me hace un favor..., 
el último que viá pedirle: empriésteme un birloche pa dirme al 
pueblo. . . y un pión también, porque con esta manquera, ¡mal- 
dita sea!, no viá poder manejarlo. . . 

Horacio. — ¿Y por qué se va? . . . No está sano aún. . . 

CANTALICIO. — Porque no soy sobra de naides . . . Bastante he inco- 
modado ya. . . 


ISMWI 


405 



NlCOLA. — (A Mana). Camina pa dentro si no querés que te pegue 
. una trompada aquí mismo . . . Siempre has de hacer zoncerías . . . 
Vieja loca. . . 

MARÍA. — ¡Lo que he dicho lo he dicho! ... Y tengo razón. . . ¡Qué 
demonio! ... 

Horacio. — No; used no puede tomar en serio esas cosas. Ella misma 
lo aprecia. . . Estaría alunada. . . ¡Hablaba por hablar! . . . 

Cantalicio. — ¡No hable más, don Horacio! ... Yo sé que usted es 
muy güeno . . . casi tan güeno como su hermana . . . , pero "esos 
otros” me tienen tirria. . . no me pueden querer bien. . . me 
voy, me voy. . . 

NlCOLA. — • Mire, don Cantalicio . . . Usted sabe bien que yo no engaño 
nunca a las personas. . . nunca, ¿eh? . . . Bueno. Yo le digo que 
soy su amigo... E le doy esta mano de amigo, ¿sabe? (Se la 

extiende). 

Cantalicio. — Mire, don. . . Ya no tengo con qué apretarle los 
cinco . . . Me la han cortao ... Y la del corazón . . . Disculpe .... 
pero no es para usté. . . (A Horacio). ¡Me hace aprontar el 
birloche, por favor! . . . 

NlCOLA. — (Sacando la ceniza de la pipa). Bueno... Está bien... 
haga lo que quiera. (Se va). 

HORACIO. — Comprendo su delicadeza, don Cantalicio . . . Sin embar- 
go, no tiene derecho. . . 

Cantalicio. — Derecho, no; obligación . . . ¿Me hace aprontar el 
birloche? ... ¡De no! . . . 

HORACIO. — Venga acá. . . Siéntese. . . y razonemos. . . Voy a traer- 
le un sillón. . . (Sale Victoria). 

HORACIO. — Llegas a tiempo para ayudarme a convencer a don Can- 
talicio. . . ¡Quiere alzar el vuelo! . . . 

VICTORIA. — ¿Qué es eso? . . . 

Cantalicio. — (Tristemente). ¡Sí, hijita! . . . Como los caranchos. . . 
comen y a las nubes . . . 

Victoria. — ¡Eso será si lo dejo! . . . Usted es mío, viejo. 

Cantalicio. — Gracias . . . Como estoy con el pie en el estribo, les 
hablaré parao . . . Ustedes son una yunta de güenos muchachos . . . 
Esta ... un alma de Dios ... Sé muy bien que han tenido lásti- 
ma. . . (Protestas); sí, lástima del pobre viejo criollo... Me 
recogieron lisiao ... pa curarme . . . pero les pasó como a esos 
muchachos en el pueblo que llevan a su casa un perro sarnoso 
que se han encontrao y dispués resulta que los padres se lo echan 
a patadas puerta ajuera! . . . 

Horacio. — (Afectado). ¡Oh! . . . ¡No! . . . ¡No! . . . ¡Le juro. . . 
que! . . . 

Cantalicio. — Les he dicho todo lo que tenía que decir y me voy. . . 
No crean que soy un mal agradecido. . . Por otro lao ya les había 
anunciao que nunca me resolvería a vivir entre gringos . . . 

Horacio. — ¿Pero somos gringos nosotros? . . . 

Cantalicio. — No; pero lo son los otros ... Y no hablemos más, 
don Horacio. . . Le declaro que si ahora mismo no me hace llevar 
al pueblo, me marcho a pie. . . ¡Palabra de hombre y de criollo! . . . 

Horacio. — Si es así . . . no habrá más remedio ... Lo acompañaré 
yo. . . 

Cantalicio. — Que sea en seguida. . . 

Horacio. — (Después de una pausa). Voy a preparar el coche. (Vic- 
toria. se echa a llorar, ocultando la cara en las faldas). 

Cantalicio. — ¿Qué es eso, hijita? . . . ¿Quiere hacerme llorar a mí 
también. . . ¡Le aseguro! ... Si me voy es porque me han echao. . . 
Ya me estaba aquerenciando aquí . . . con sus cuidaos . . . 

VICTORIA. — (Sin alzar la cabeza). ¡Mentira!. . . ¡Nadie lo echa!. . . 
Usted se va porque no me quiere. . . 

CANTALICIO. — ¡Mucho . . . pero mucho! . . . ¿Cómo no había de que- 
rerte? ... Si sos tan güeña. . . Vamos, alce esa cabeza. . . Deme 
un beso y adiosito . . . (La alza). 

VICTORIA. — (Echándosele al cuello). ¡Tata!... ¡Tatita! . . . Usted 
no puede irse. . . No se vaya. . . ¡No me deje sola! . . . ¡Porque 
yo me muero! . . . 

Cantalicio. — ¿Tata? . . . ¡Oh! . . . 

Victoria. — ¡Tata! . . . ¡Sí! . . . Usted es mi otro padre. . . 

Cantalicio. — ¡Me lo vas a hacer creer, muchacha! . . . 

406 



VICTORIA. — ¡Es verdad! Por eso usted no puede irse. . . 

CANTALICIO. — Si hablas claro. . . 

VICTORIA. — ( Serena ya). ¿Me promete quedarse?... 

Cantalicio. — ¡Eso no! . . . Perdóname, pero. . . 

VICTORIA. — Entonces, siéntese un ratito... (Se sientan ). Diga... 
¿Usted no me había dicho que estaría muy contento si yo me 
casara con Próspero. . . y le diera muchos nietecitos?. . . 

Cantalicio. — ¡Ya lo creo!... Pero se me hace muy difícil... 
¡Imposible!. . . De tu parte claro está que no. . . Los viejos, es 
la cosa. . . 

VICTORIA. — Bueno; por eso mismo es que quiero que no se vaya. . . 

Cantalicio. — ¿Pa convencer a los gringos? ¡Ah! ¡No, hijita! . . . 
¡Ah! . . . ¡No, hijita! . . . Eso sería como querer contar las estrellas. 
Nunca se cuentan y le salen berrugas a uno en les dedos . . . 

VICTORIA. — - Es que usted me puede ayudar de otra manera . . . 
Cantalicio. — ¡No sé cómo! 

VICTORIA. — Mire. A mí no me hacen casar con ningún otro. Me 
andan metiendo por les ojos al constructor y hasta creo que ya 
habló con tata el individuo. . . rere yo primero me escapo... 

Cantalicio. — ;Y ande vas a ir? . . . 

Victoria. — Me iría c:n usted . . . c qué sé yo. . . 

Luiggin. — Manda decir Horacio que el tilburi está pronto... Que 

Cantalicio. — ¡En seguida!... Alcánzame el poncho, m’hija. . . y 
adiosito. . . Se incorpora i. 

Victoria. — ¡No! ¡No! ¡No! Me va a hacer llorar otra vez... 
Quédese quieto. . . ¡Si usted supiera! ... ¡Lo necesito mucho! . . . 

Cantalicio. — Dejame ... Es mejor que me vaya . . . 

Victoria. — (A Luiggín). Dedle que ya no se va... ¡Corré! . . . 
(Luiggín hace mutis), 

Victoria. — ¡Si yo le contara una cosa! . . . ¡No se mueva! . . . 

Cantalicio. — Dejate de historias y alcánzame el poncho. 

Victoria. — Es que es muy serio. . . ¡Tata! . . . 

CANTALICIO. — ( Impaciente ). Bueno. Contalo de una vez. ¡Y se acabó! 

VICTORIA. — Es que. . . ¡Ja. . . ja! . . . Me da risa. . . y me da ver- 
güenza... (Mirando en derredor). Si quiero... se lo digo en 
el oído. . . 

Cantalicio. — Pero tapate la cara si es tan feo. . . (Victoria, después 
de un instante de vacilación, le habla al oído). 

Cantalicio. — (Alzándose). ¿Vos? . . . 

VICTORIA. — (Que se ha quedado muy avergonzada, hace una señal 
de asentimiento). 

Cantalicio. — ¡Ave María Purísima! . . . 

VICTORIA. — Fue en el Rosario... Mamá estaba en el hotel enfer- 
ma... Próspero iba a verme y... ¡Por eso quiero que no se 
vaya! . . . Mañana — esto tiene que saberse — me descubren y si 
no disparo, los viejos son capaces de matarme. 

Cantalicio. — ¡Pobrecita!. . . ¿Y ese bandido fue capaz de?. . . 

Victoria. — Bandido, ¿*por qué?. . . ¡Pobre! . . . 

CANTALICIO. — ¡Hija de mi alma! ¡Dame un abrazo! ... ¡Así! . . . 
¡Ahora comprendo por qué mientras estaba enfermo me hablabas 
tanto de los nietitos! . . . ¡Hijita querida! (La estrecha). 

PRÓSPERO. — (Que ha salido un momento antes). — ¡Bravo! ¡Así 
me gusta! . . . ¡Bravo! ¡Bravo! . . . 

CANTALICIO. — ¡Próspero! . . . (Cae uno en brazos del otro). Disculpá, 
hijo, si no puedo abrazarte bien ... Es la primera vez que echo 
de menos el pedazo este. . . 

Próspero. — ¡Oh! . . . ¿Qué ha sido esto?. . . 

CANTALICIO. — No te ocupés de mí, hijo. . . Ya lo sabrás. . . Andá 
y saluda a la gente . . . 

PRÓSPERO. — ¡Perdóname, Victoria... (Le toma las manos). ¿Cómo 
v estás? . . . 

CANTALICIO. — ¡Abrácense! ... ¡Si están deseándolo y no son man- 
cos. . . como yo! (Se abrazan). 

MARÍA. — ¡Ah! ¡Porcachona!... ¡Sinvergüenza!... ¡Yo te voy a 
enseñar! . . . ¡Bandida! . . , ¿Qué estás haciendo? (Corre hacia Vic- 
toria, que va a refugiarse, asustada, junto a Cantalicio. Próspero 
se interpone). Me la vas a pagar. . . Te voy a encajar tres pali- 
zas... ¡Indecente!... Ahora verás cómo te arreglo. Andá para 


adentro ya. . . ¡Ah! . . . ¿No querés irte? . . . (Llamando). ¡Oh! . . . 
¡Nicola! ¡Nicola! . . . ¡Véngase pronto! . . . que hay un asunto. . . 
aquí. , . ¡Nicola! . . . (Con rabia). ¡Nicola! . . . Vení un poco. . . 
que la he encontrado a Victoria con un hombre, como la vez 
pasada. (Volviéndose). ¡Sinvergüenza!... Mala hija! .. . (Recono- 
ciéndolo recién a Próspero). ¡Madona! ¡Si había sido el compa- 
drito criollo! ¡Ah! ¡Eso sí que no!... (Llamando). ¡Nicola!... 
Vení pronto ... 

Nicola. — Cosa te sucede . . . para estar gritando y gritando como 
un potrillo . . . 

MARÍA. — Figúrate que venía del patio y me la encuentro otra vez 
a esta sinvergüenza abrazada con un hombre. . . 

NICOLA. — ¿Cómo, Victorina? 

María. — Igual que la vez pasada. . . 

Nicola. — ¿Qué significa eso? . . . ¡Caramba! . . . 

PRÓSPERO. — Significa que . . . aun cuando el momento no es apa- 
rente ni tenía tal propósito inmediato, la oportuna intervención 
de esta señora me obliga a pedirle la mano de su hija. . . 

NICOLA. — ¿Otra vez?... ¿Pero qué se ha pensado usted... ma 
diga un poco? . . . 

Cantalicio. — Cualquier día van a poder negársela. . . 

María. — ¡No faltaba otra cosa! . . . Con el novio que le ha salido 
ahora ... un constructor . . . que darla a ese criollo . . . 

Nicola. — Vos . . . callesé y no grite . . . Usted, mocito, me va a decir 
primero qué cosa ha venido a hacer aquí a esta casa . . . 

Próspero. — Soy el encargado de la trilladora. . . señor. 

María. — Eso es una mentira. 

Nicola. — Usted calíate, te he dicho... (A Próspero). Bueno, y 
entonces por qué no está allá, allá en su trabajo, da la máquina? 
¿Eh? ... 

HORACIO. — ¿Qué pasa aquí?... ¡Hola, amigazo!... ¡Cómo le 
va! . . . Se resolvió venir. . . Ahí lo tiene a su viejo. . . Se lo 
hemos embargado. 

Nicola. — ¡Ah! ¡Es verdad que eran amigos, ustedes! . . . Pero ¿sabes 
vos lo que éste estaba haciendo con la muchacha? ¿Eh? . . . 

MARÍA. — La abrazaba ... La abrazaba . . . 

Horacio. — Eso sí que es grave ... ¿Y ella? . . . 

María. — ¡E la sinvergüenza también! ¡Yo los pillé! . . . 

Horacio. — Caramba. . . Caramba. . , (A Victoria). Vení acá, vos. . . 
mosquita muerta. . . ¿Con que esos habían sido los romanticis- 
mos? . . . ¿Es tu novio? . . . 

Victoria. — (Confundida). ¡Sí!. . . 

Horacio. — Entonces, viejo . . . No hay que hablar . . . 

Nicola. — ¡Eh! . . . Si vos te pensás que el muchacho vale la pena 
y a ella le gusta. . . a mí no me importa. , . Con tal de que sea 
trabajador. . . 

Próspero. — Gracias, Horacio . . . 

Horacio. — Ahí la tenés a Victoria. . . Supongo, Próspero, que nos 
harás gratis la trilla ... Y usted, viejo . . . , ¿se reconcilia ahora 
con los gringos? . . . 

Cantalicio. — Con los gringos... en la perra vida... ¡Con la 
gringa y gracias! . . . 

Horacio. — ¡Mire qué linda pareja!... Hija de gringos puros... 
hijo de criollos puros ... De ahí va a salir la raza fuerte del 
porvenir. . . 

Prospero. — Se está elaborando. . . Otro abrazo, viejo. . . 

Cantalicio. — ( Aparte). Qué se ha de estar elaborando, zonzo . . . 
Ya está. . . 

PRÓSPERO. — ¿Sí?... (Corre hacia ella). ¡Vida, vida mía! (La besa 
en la frente. Movimiento de estupefacción. Suena en ese instante 
una larga pitada). La trilladora empieza. . . 

NICOLA. — (Apartando a Próspero). Bueno, mozo. . . ¡A trabajar!. . . 
¡A trabajar! . . . 


TELÓN 




La unión de los inmigrantes con los criollos para 
formar la nueva nación uruguaya es la tesis que 
en "La gringa" desarrolló Florencio Sánchez, prea- 
nunciando con vivacidad y verdad el futuro de su 

país. 


enciclopedia 



URUGUAYA 


Copyright Editorial ARCA S. R. L., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en el Art. 79 de la ley N9 13.3-49. (Comisión del Papel). 
Diciembre de 1963.